Discours de la méthode

Lector parco, cuéntase que una vez cuando alguien

quiso ver su biblioteca Descartes mostró, en vez de

libros, el cuerpo destrozado de una ternera que

estaba observando y estudiando.

RAMÓN XIRAU

 

Igual a una balsa arrojada al embravecido mar para salvar a los náufragos, esta historia la arrojo de mí para salvarme, pues cada día me ahoga más y más el remordimiento, la maldita culpa de saber que no acerté, que me equivoqué, que no tuve suerte, que por mi error ya todo está perdido para los míos.

Algunos deben pensar que el remordimiento es un sentimiento que desconocemos, pero nos duele igual que el dolor físico, e incluso nos atormenta hasta buscar el suicidio: sé de muchos que se han arrojado a pozos de agua, que han comido veneno, que se han dejado morder por un perro con rabia y todo esto por el remordimiento; muchos creen que fue la mala fortuna, las terribles coincidencias de un accidente o simplemente un lamentable momento desgraciado, pero no, fue el remordimiento el responsable. Quizá soy demasiado cobarde para el suicidio, quizá, o quizá también para escribir hay que ser un valiente.

Intentaré empezar por el principio, aunque le he dado mil vueltas al asunto y nunca puedo recordar de manera lineal lo que pasó. Además, siempre invade a mi recuerdo el diálogo de los involucrados y la suposición de lo que pudo estar haciendo el maldito culpable mientras yo especulaba teorías sobre su labor y su persona.

Empezaré diciendo que nací negro y que fui un caballero guardador del orden porque no podía ser de otra manera; porque para guardar el orden te tienen que temer y, desde que recuerdo, mis pasos por las calles y callejones oscuros hicieron parar en seco a más de un desprevenido que no podía distinguir entre la noche y yo; y ante el susto del sonido delator de mi presencia, invariablemente se amparaban con el padre nuestro en la boca o con el cuchillo o el arcabuz en la mano.

Mi color no me impidió formar parte de la caballería, mas no de los que hacían la guerra, sino de los que permanecían dentro de los muros de la ciudad para salvaguardarla, persiguiendo a toda maldita sabandija amante de lo ajeno. Quizá mi color, ligado a la mala suerte, me condenó a servir a los míos sin que me conociera el ejército enemigo fuera de la ciudad. Yo siempre viví dentro, dentro de la ciudad y dentro, bien dentro de mí, y eso me hizo buen pensador y un analítico feroz, o al menos eso creía. Además, nacer negro en estos tiempos te obliga a pensar bien y pensar rápido antes de terminar sometido a los más viles caprichos… cuántos negros no terminaron muertos, víctimas de una crueldad sin límites en los más absurdos rituales, como el de la noche de Walpurgis, cuando las brujas tatúan símbolos en los cuerpos de mis hermanos de color con el fin de obtener la sangre que maldecirá a uno, protegerá a otro o convocará al que ya no está entre nosotros.

A los negros nos duele pensar en nuestros hermanos sacrificados. La tradición relaciona nuestro color con el mal agüero, y la sociedad se desquita con saña cuando tiene la oportunidad de echarnos la mano. Por eso es que el Conde me llamó a mí para resolver el caso, porque de entre todos yo era quien se había hecho duro gracias al dolor de encontrar a sus hermanos de color muertos, a veces sin orejas, otras con el estomago reventado y las cavidades de los ojos huecas mientras los gusanos se retorcían de placer, devorando la carne putrefacta. Es por ello que yo soy de los más duros, de los más recios, de los que nada temen de entre los nuestros; de los que no reaccionaron como los otros, quienes se asustaron y hasta se petrificaron de terror al encontrar muertos sobre la calle a los de nuestra especie, ya no sólo negros, sino blancos, amarillos, pardos o pintos… pintos como Ludovico.

Ese cabrón de Ludo… un auténtico pícaro gordo que se las sabía ingeniar para robarle la comida hasta al más grande. Por ese ingenio tan suyo lo escogí como mi escudero; por eso y porque yo siempre he preferido la noble compañía del que se rige por el estómago. El estómago no se anda con rodeos, es sincero y necesita lo que necesita y punto. Otros órganos se ramifican de tal manera en nuestros cuerpos que no entendemos a ciencia cierta su verdadera necesidad, como ocurre con el corazón o el cerebro. En cambio el estómago es directo y quienes lo escuchan también. ¡Sabios los viscerales que se andan por la vida sin las complicaciones de uno como yo que escucha con demasiada atención sus latidos y sus pensamientos!

Ludo era un gran oidor de su estómago, un gran visceral y un verdadero escudero de andanzas de los que ya sólo se habla en libros de otros tiempos. No olvido aquella noche, la última en la que estuvimos juntos. Llevábamos un par de semanas de investigar el caso y tres docenas de muertos. Llegamos al callejón abandonado del paso de carruajes y de hombres donde le gustaba comer al Conde cuando se escapaba del castillo. Mientras el Conde rumiaba las sobras de un pescado asado frente a nosotros, le espetamos las malas nuevas: la última víctima tenía las mismas huellas de la muerte que sus predecesores: muerto, abandonado en la calle sin más signos de violencia que cada uno de los bigotes arrancados desde la raíz. Los ojos amarillos del Conde nos miraron con un desprecio preocupado y nos ignoraron del todo cuando le reiteré que hasta ahora todos desconocen que los bigotes nos otorgan algo más que equilibrio y orientación. Si arrancan de raíz cada uno de ellos, al arrancar el último bigote también nos arrancan la vida, como si el ánima que nos da el impulso vital saliera cual vapor de un cuerpo hermético que ha perdido violentamente sus válvulas de presión.

––¿Y? ¿Es la peste?

––No ––dije––. Tengo una posible teoría sobre el culpable. Yo creo que…

––¡Es el humano! ––la intromisión de Ludo fue acompañada de un sutil movimiento con el que intentaba acercar una garra al pescado del Conde.

––¡Aparta, goloso! Si tu criterio es igual al de tu apetito estamos en serios problemas.

––Pero mi señor Conde, si hoy sólo he comido una vez.

––Una sola vez… Dirás una sola vez una ración para una semana, gordo de mierda.

––No estoy gordo, mi señor Conde, tengo los huesos anchos.

––Tú lo único que tienes es que no tienes madre ––los dos explotaron en una carcajada con la que el Conde dejó que Ludo le echara la garra a la cola del pescado.

––Si yo fuera ustedes, tendría más cuidado con lo que me llevo a la boca, sobretodo con los desgraciados tiempos que corren ––dije con pedantería.

––¡Ya lo sé, y mejor que nadie, carajo! ¡Pero, ¿qué quieres?! ¡¿Que deje de comer y de hacer los días?! ¡El miedo se está apoderando de la ciudad! ¡Todos aquí e incluso los de otros pueblos cercanos han comenzado a embarcarse en cuanta galera zarpa del puerto con la esperanza de que, a donde quiera que desembarquen, no serán las víctimas de este mal que deja sin bigotes y da muerte! ¡Tengo a la Corte encima de mí, ¿entiendes?! ¡Ellos están convencidos, al igual que este gordo inútil, que es el humano! ––mientras el Conde me gritaba, recuerdo que el gordo Ludo asentía con la cabeza y, con la boca llena de cola de pescado, le daba la razón al Conde––. ¡La Corte está a punto de pactar una tregua temporal con las ratas! ¡Y ya sabes lo que eso significa! ¡Si no las atacamos, la población alcanzará niveles de plaga que enfermará de peste al humano, tal y como pretende hacer pagar la Corte a esos mamíferos de dos patas! ¡Pero con la incontrolable población de ratas, las pulgas rabiosas brincarán de pelaje en pelaje, sin distinguir roedores, humanos, canes y, por supuesto, felinos! ¡La peste se apoderará de esta tierra y esos malditos insectos saltarines serán los únicos que se regodearán del tiempo infeliz que se avecina! ¡¿Entiendes la situación en la que me encuentro?! ¡De mí depende contener por un par de días más la tregua de la Corte! ¡De mí depende evitar que todo se vaya a la mierda! ¡Y tú, en todo este tiempo, no has hecho más que recorrer las calles en compañía de este gordo! ¡Y encima te crees con la autoridad de darme consejos de lo que debería o no debería comer! ¡Vete a la mierda, Perçeval! ¡En lugar de consejos, mejor dime, ¿quién es el responsable de esto?!

––Es el humano.

––Sí, sí, es el humano ––Ludo afirmó, y aprovechando que el Conde no lo miraba mientras discutía conmigo, jaló rápidamente con la garra el resto del pescado y lo devoró con avidez, de un sólo bocado.

––¿Entonces, es una matanza como la que sufrieron nuestros vecinos franceses?… ¡Hijo de… ésa era mi cena! ––Ludo ni se inmutó por el grito del Conde. Con la tranquilidad que lo caracterizaba después de haber comido, recuerdo claramente cómo se limpiaba con esmero con la lengua, y antes de que el Conde le diera un zarpazo a Ludo, dije:

––No, no es una matanza como la que hubo en Francia; y sí, la culpa es del humano. Pero mi teoría es que se trata de uno de ellos y no de un grupo de enloquecidos bastardos. Hay que encontrar al único responsable antes de condenarnos haciendo pagar a toda la ciudad con la plaga de ratas. Dame sólo un día más para encontrar al responsable ––mentí, sólo necesitaba esa misma noche para confirmar mi teoría que hacía días que estaba seguro que podía confirmar. En realidad, sólo dije verdades a medias, y es que, como todo caballero, lo que buscaba era mi momento de gloria, y yo sentía que, gracias a este caso, por fin me llegaría.

Recuerdo que hubo un breve silencio, como si un ser transparente arrastrara un manto invisible a lo largo del callejón. Cuando el manto barrió las circunferencias, la resignación se apoderó del Conde:

––Si después de un día fracasan en su intento, no vengan a buscarme, quedan libres de todo vasallaje. Yo mismo me embarcaré en una galera con algunas hembras. Por nada del mundo me quedaré a vivir la peste provocada por las pulgas propagadas por las ratas. Hablaré con la Corte, les informaré de tu teoría, Perçeval. Pediré sólo un día más para la investigación y así lograr la certidumbre de que las ratas infesten la casa del asesino de los nuestros y no cada hogar de la ciudad. Ojalá que la Corte muestre la misma paciencia que yo les tengo. Yo rezaré para que las cosas no se vayan a la mierda por culpa de una mala decisión. Como muchos, yo quiero quedarme aquí. La Condesa acaba de tener otra camada de cuatro. Quiero que mis crías se queden aquí, que crezcan como yo lo hice y que coman el mejor pescado de toda Europa.

––¡Sí, viva el pescado de La Haya! ––gritó el gordo Ludo, cortando el dramatismo del Conde. Nos despedimos y seguimos el curso de esa noche.

¡Viva el pescado de La Haya! Era su grito preferido, grito que podía modificar según el manjar que tuviera bajo la nariz: ¡Viva el pollo de La Haya! ¡Viva la leche de La Haya! ¡Viva el queso de La Haya! ¡Viva la carne de La Haya!… La carne… La maldita carne de La Haya… Si el carnicero no tuviera tan mala fama entre los nuestros, jamás hubiera pasado por alto que los corazones se los compraba un filósofo y no un alma caritativa… Mientras escribo esto pienso en esos corazones enormes, sanguinolentos, con sus venas y arterias bien diferenciadas ahí, encima de una de sus mesas de trabajo cubierta por un mantel blanco, como las mesas de los quirófanos; y él en otra mesa, escribiendo una carta a la luz de las velas; una carta que seguramente estaría dirigida a algún amigo y en la cual le confesaría sus maravillosos descubrimientos. Casi puedo verlo: su mano escribiendo rápido, con el trazo ansioso de las letras debido a la excitación del que presiente que el éxito está a punto de tocar a la puerta después de invitarlo a venir a visitarlo en varias ocasiones. Escribiría que es uno mismo quien debe encontrar esa luz interior que aportará una estrella fugaz que alumbrará el firmamento de nuestros tiempos; escribiría que su teoría estaba casi en su fase final; que la escuela de medicina admitiría que no se equivocó con la serie de experimentos que hacía según los cuatro pasos que él mismo recomienda en su método recién publicado. Yo mismo recuerdo que lo vi antes de que todo se fuera a la mierda: era el primero de una pila de libros en una vitrina de una imprenta, en la portada estaba escrito en mayúsculas ornadas: Discours de la Méthode, de René Descartes.

Sí, nosotros sabemos leer las letras creadas por el humano, pero no sus intenciones. Por ello es que yo tenía mis dudas, mejor dicho, una gran y única duda que no necesitaba de un día más para aclararla, como le dije al Conde. Todo era cuestión de horas para confirmar mi propio método que me llenaría de gloria. Un método en la búsqueda de la verdad que ahora sé fallido, pero en aquella noche juzgaba como tan correcto que nunca le dije nada al respecto a Ludo, porque él hubiera querido formar parte del mismo, como todo escudero. No. Si yo buscaba la gloria debía actuar solo y salvaguardar a mi compañero, por eso no lo hice parte de mis intenciones de esa noche; la noche de la comprobación después de no tomar por verdadera ninguna teoría a menos que, efectivamente, fuera tal; de dividir en tantas partes como pude cada una de las dificultades con las que me había encontrado en este caso; de comenzar a resolver cada una de estas partes, empezando por las más fáciles hasta las más complicadas; aquella era finalmente la noche de la comprobación, y si yo esperaba la gloria del caballero, debía actuar sin escudero, yo solo contra el mal que estaba acabando con los nuestros. Le callé, pues, mis intenciones, y para protegerlo mientras yo me jugaba la vida, jugué con su parte débil; con la parte de él que jamás me diría que no:

––Dime, ¿no tienes hambre aún?

––Sí, mucha.

––Dicen que hay dos casas muy caritativas con los nuestros, sería cuestión de darnos una vuelta por ahí. No es posible seguir con este maldito caso si antes no recobramos fuerzas, ¿no crees?

––¡Bien dicho, mi señor Perçeval! Además, el pescado fue sólo un tentempié; primero entramos en una y luego rematamos en otra, así estaremos más que satisfechos.

––No, no podemos entrar los dos en la misma casa, sólo reciben de a uno cada cierto tiempo. Creo que los que habitan ahí lo hacen por precaución. Ya sabes, temen que los contagiemos con nuestras pestes de la calle.

––Pues para los tiempos que corren, yo y vuestra merced, estamos muy sanos y limpios.

––Con esta oscuridad difícilmente se puede distinguir la tiña y las ronchas virulentas, el humano tiene ojos muy malos.

––¿Y aún de noche, nos recibirán?

––Es la hora de la cena para los humanos, la mejor hora para que nos reciban y nos den de comer ––no estaba seguro de esto, ni de que en las casas nos reciben de uno a uno; pero para hacer más creíble mi argumento, le inventé que el otro día a Tzucurash le dieron una patada en el ojo, por querer aprovechar que la puerta aún no estaba del todo cerrada cuando Guemotoc fue invitado a pasar; que el pobre lo iba a perder, que lo tenía reventado y lleno de pus.

––En estos desgraciados tiempos es mejor perder un ojo antes que todos los bigotes y la vida misma.

––De acuerdo, pero aún así es mejor que tú entres a una casa y yo a otra.

––¿Está usted seguro, mi señor?

––Sí.

––Sea pues, mi señor Perçeval, hagámoslo así. Vuestra merced nunca se equivoca.

Vuestra merced nunca se equivoca. Estas palabras de Ludo me resuenan como si estuviera dentro de una cueva y el eco me taladrara hasta el alma. Me equivoqué, cometí un error, pero así son las cosas en la búsqueda de la verdad… Al escribir estas últimas cuatro palabras me lo vuelvo aimaginar a él, a Descartes, escribiendo con la excitación del que casi se sabe triunfador, del que está a punto de ser laureado gracias a una serie de experimentos poco académicos, que quizá se le revelaron en un sueño, pues su naturaleza está fuera de los cánones del mundo real y tangible. Ya lo veo, continuando esa carta dirigida a ese amigo suyo, en la cual le diría que los mismos pensamientos que tenemos despiertos, nos pueden venir cuando dormimos sin que haya ninguno que en ese momento sea verdadero; que él se había resuelto hacer como si todas las cosas que entraran en su espíritu no fueran más verdaderas que las ilusiones de sus sueños. Y que así fue como decidió hacer el experimento más atrevido de su carrera, y que gracias a esta osadía suya, por fin se aclaraba un hecho hasta ahora ignorado por esos académicos que memorizan un discurso médico sin razonarlo. Por fin la medicina tendría que admitir que en el corazón existe un fuego sin luz, que no concebía de ningún otro modo más que a la manera que hierve el caldo nuevo cuando se le deja fermentar en el resto de las uvas una vez que han sido exprimidas, y que justamente así es como él concebía el funcionamiento del corazón y sus arterias.

Seguramente Descartes escribía todo esto con el ansia de decirlo todo de una vez mientras yo, en otro punto de la ciudad, corría y corría tan rápido como podía hacia su casa, hacía él; corría y escuchaba tras de mí el forzado trote de Ludo, que a duras penas podía aguantarme el paso. Corría y escuchaba su jadeo a mi lado, como seguramente él, Descartes, escuchaba su respiración y sentía el latir de su corazón mientras escribía que éste es el órgano más caliente del cuerpo y es por ese calor que se explica la circulación sanguínea. Seguramente a cada zancada nuestra se vanagloriaba al escribir que por fin pudo comprobar el fenómeno de dilatación que ocurre en el cuerpo humano; que la sangre se enfría mientras circula por el organismo; que al llegar fría al corazón, éste se dilata bajo el efecto del calor de este órgano; que esta dilatación provoca la inflamación, y bombea la sangre por las arterias; que las paredes del corazón, vaciadas, se hunden y el ciclo se repite hasta que dura la vida, una vida como la de Ludo que, sin que yo lo adivinara, ni muchos menos él, estaba a punto de terminar después de nuestra última conversación:

––Ya estamos aquí, esta es una de las casas, la otra está un poco más al Sur, por el mercado.

––¿Y en cuál se come mejor?

––Da igual, si quieres yo entro en ésta y te explico cómo llegar a la otra.

––Vuestra merced me toma por un tonto. Si usted se ofrece a entrar en esta casa es porque aquí es donde se come mejor. No, yo me quedo aquí, mi señor puede ir a la otra casa, ¿qué hay que hacer para que lo reciban a uno? ––fue ahí cuando Ludovico mordió el anzuelo. Tal y como me lo suponía, al ofrecerme en la primera de las casas, su estómago le dijo que ahí se come mejor. Lo había conseguido. Qué tonto fui al creer que así lo protegía, porque yo creía que el culpable estaba más al Sur, por el mercado:

––¿Estás seguro que quieres quedarte aquí?

––Sí, el pescado me ha abierto un terrible apetito. Dígame, ¿qué tengo que hacer para que me abran?

––Ponte junto a la puerta y empieza a dar vueltas en círculos pequeños mientras hablas en voz alta, eso siempre los hace venir a la puerta.

––¿Qué clase de humano vive aquí?

––Un filósofo.

––¿Desde cuándo se come bien en la casa de un filósofo?

––Desde que le sobran corazones de res para los nuestros.

––¡¿Corazones?!

––Sí, corazones.

––¡Viva el corazón de La Haya!

Tras su grito favorito, me encaminé hacia mi destino. Volteé para ver cómo Ludo hablaba en voz alta y daba vueltas, y vi que la puerta no tardó en abrirse. Salí corriendo de ahí creyéndome el héroe, el que había de salvar a la ciudad en un lance heroico, el que protegía a su escudero de una muerte segura. Porque a eso iba, a jugarme la vida, a prescindir de toda orden, a olvidarme de mi pacto de vasallo para con el Conde; a olvidarme de la Corte y su tregua con las ratas. Quería bañarme en gloria e iba dispuesto a un enviste caballeresco de los que hablan los abuelos, en donde sólo un gato pudo enfrentarse a un carnicero que gustaba de vender gato por liebre. Sí, corrí tan rápido como pude por la ciudad, pensando mi entrada en la casa del carnicero, sus afilados cuchillos contra mis garras, sus gritos en cada lance contra mis maullidos en cada ataque. Corrí y corrí y recuerdo que mi corazón palpitaba con la rauda fuerza de un redoble de tambor. Y ahora mismo hasta puedo ver la imagen clara, su corazón también latiendo fuerte por la excitación de la revelación del secreto. Ahí lo veo, sobre la mesa iluminada por las velas, Descartes escribiendo esa misma carta a su amigo donde le revelaría que por fin pudo comprobar su teoría gracias a que logró perforar las arterias y las venas sin romper las paredes de las mismas; que requirió de un material fino y delgado, mas firme a la vez; que ni hablar de los hilos de oro, de plata o de bronce; el hilo de fierro no le era útil; aun el hilo de estaño era muy tosco con las delicadas paredes de estos tubos que viajan por el cuerpo; el algodón y la seda eran muy endebles, además, se coagulaban junto con la sangre; que encontró la solución en la misma creación de la naturaleza; que sabía de lo ignominioso de su experimento, pero que la medicina bien valía el esfuerzo; que el bigote de gato es perfecto para estas tareas: delgado pero firme, sumamente fino en el borde, mas muy consistente en el trato, duro en el tallo, mas delicado en la presión; que aunque se sabía un infame cruel, se consolaba al adormecer a sus víctimas, dándoles de comer los mismos corazones que una vez estudiados los desechaba y trataba con narcótico; que arrancaba los bigotes uno a uno y después arrojaba el cadáver a la calle; que ahora mismo daba tumbos por la sala otro donador más; que su gordo y pinto cuerpo se resistía en vano a los efectos del narcótico; que una vez que éste le hiciera efecto, le arrancaría los bigotes y se desharía de él igual que los otros.

Y yo mientras tanto di mi mejor duelo. En vano hablar de cómo entré a su casa, de cómo lo encontré partiendo carne con un gran cuchillo rompe huesos, baste con saber que el carnicero perdió los ojos y que yo no salí indemne: unas heridas me provocaron la inconsciencia por un par de días, los suficientes para que la tregua con las ratas comenzase, y las pulgas multiplicándose por millares. Yo que creí que tras mi heroica batalla me despertaba a la gloria, a escuchar las baladas que los trovadores compondrían inspirados en mi perspicacia y valor, me encontré con una ciudad infestada.

Hoy sólo me acompañan las ratas, las pulgas, algunos resignados como yo y los apestados humanos. Y aunque sé que todo se arruinó, me queda el vil consuelo del perdedor resentido que sabe que quizá, en este momento, Descartes se rasca hasta el cansancio las picaduras infectadas de su piel, tal y como yo lo hago.

 

Marcos Cortés Guadarrama

(1977, Veracruz)

Es escritor, traductor y profesor de literatura medieval, renacentista y barroca. Doctor en Filología Hispánica, practica la medicina hipocrática-galénica-arabizada en sus ratos libres; también se dedica a recordar cómo le enseñaron a injertar ciruelos en los manzanos de Transilvania.

Sobre administrador Marcapiel 35 Artículos
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1 Comentario

  1. Un texto muy intenso, entendido por intenso, difícil de comentar sin haberlo leído al menos dos veces.

    Además, hay que desmenuzarlo.

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