Puebla, la de los Ángeles | Nadia López García

Presentamos algunos poemas y relatos de la poeta, traductora y pedagoga, Nadia López García (Oaxaca. 1992). 

 

 

 

Puebla, la de los Ángeles

 

La primera vez que me llevaron a conocer el Distrito Federal tenía diez años. A esa edad sabía muy pocas cosas de muchas cosas, pero de San Jerónimo Caleras – mi colonia, la más bella de Puebla- lo conocía casi todo, gracias a esa vocación de andariego que siempre tuve. Además en 1965 Caleras era muy pequeño y todos en el barrio nos conocíamos. Se podía saber con facilidad quién compraba pan dulce para desayunar y quién bolillo, quién iba a misa de 9 y quién a misa de 11; estaba tan acostumbrado a saberme ese barrio como la palma de mi mano que cuando mi madre me dijo que iríamos a vivir una temporada a la Ciudad de México -y que ésta era grandísima- me entró, junto con la curiosidad por todo lo que descubriría ahí el inmenso temor de perderme.

Después de varios días de haber llegado a México encontramos una vecindad donde vivir, por algún tiempo, ubicada en el centro. Los primeros días tuve que estar encerrado en el cuarto esperando a que  mi mamá arreglara algunos asuntos relacionados con su antiguo matrimonio. Siempre hablaba de pensiones y dineros futuros.

Después de varios meses de conocer cada rendija, cada tabique mal pintado, cada hormiga que transitaba por la cocina y ver los edificios, casas, coches y personas que aparecían del otro lado de la ventana, pensé que moriría de aburrimiento. Deseaba tanto volver a Puebla. En esos días mi mamá se compadeció de mí y me dejó ir con Rolando -nuestro vecino- a pasear en su bicicleta, la cual estaba estrenando unos diablitos que, él aseguraba, podían aguantar a la más gorda de la vecindad, así que sin problemas podríamos recorrer el centro a bordo de la furiosa, como le decía de cariño a su bici.

Nunca antes me había subido a una bicicleta, y sobre esos diablitos, parecía que las casas y personas corrían a lado nuestro y todo el centro se movía a la velocidad de las pedaleadas que daba Rolando;  recuerdo que casi llegando a la Catedral escuchamos voces muy fuertes, las seguimos para saber de dónde venían. Aunque ya estaba oscuro, la curiosidad era grande, así que avanzamos y justo al lado de la gran iglesia vimos a mucha gente reunida que miraba fijamente una enorme pared de tela sobre la cual se proyectaba imágenes de gran tamaño. Rolando dijo que eso era el cine de calle que ponían de vez en cuando. En la pantalla se veía la entrada de una casa grande que en la mera puerta de color azul tenía dos ángeles de cemento, de pronto aparecía un hombre con un chuchillo en la mano que corría tras otro hombre. Nunca antes había visto una pantalla tan grande ni personas de ese tamaño. Sentí mucho miedo, sobre todo cuando ese gordo vestido de soldado, después de corretear al otro hombre por un pasillo muy largo y que éste se le escapara por la ventana, furioso entró a un cuarto donde una mujer estaba acostada durmiendo y al verla le encajaba el cuchillo muchísimas veces. No puede evitar  cerrar los ojos y abrazarme a la pierna de Rolando, quien estaba parado -inmóvil- sin soltar su bicicleta. Cuando abrí los ojos, el rostro de la señora que acababan de matar estaba detenido en la pantalla y enseguida la reconocí. ¡Es Colashion!, ¡Es Colashion! Comencé a gritar. ¡Es la señorita Colashion!, le dije a Rolando, ¡Vive en Puebla!.

Rolando me dijo que estaba loco, que yo no podía conocer a esa señorita, pues era una artista y yo no conocía artistas y que en todo caso las artistas no vivían en Puebla sino en la Ciudad; se subió a su bici y me dijo que mejor nos fuéramos porque ya era muy tarde, me subí a los diablitos y durante todo el camino tuve la cara de la señorita Colashion –muerta- en mi cabeza. Llegando a casa, corrí a nuestro cuarto y toqué muy fuerte la puerta y apenas me abrió mi mamá, le dije que había visto cómo mataron a la señorita Colashion y que lo exhibieron en una película en el cine de calle. Mi madre también me dijo que estaba loco, que a ella no la podían matar porque yo no estaba para saberlo, pero ella era la otra mujer del General y a esas no las tocaban. No cabía duda, estaba convencido de lo que había visto. Ese hombre gordo vestido de soldado, el que la mató, seguramente era el General de que mamá hablaba.

Le pregunté a mi madre si la señorita Colashion era artista y si hacía películas y me dijo que no. ¡Entonces la mataron! le dije, y ella me regañó, me dijo que dejara de inventar cosas que era más fácil que a mí y a ella nos pasara algo a que le pasara algo a la querida de un General. Yo estaba convencido de que sí la habían matado, además la fachada de la casa que vi en la película era la misma fachada de la casa de la señorita Colashion: puerta color azul con dos ángeles encueraditos de alas muy grandes, uno a cada lado de la entrada; quién mejor que yo que me había recorrido todo San Jerónimo Caleras lo sabría. Nadie me quitó la idea de la cabeza.

Después de casi un año mi madre terminó ganando la demanda de la pensión y entregamos el cuarto que estábamos rentando en México. Volvimos a Puebla, al llegar lo primero que hice fue correr a la casa de la señorita Colashion para ver la fachada. Era la misma. Cuando volví a donde estaba mi mamá, ella platicaba con unas señoras que la ponían al tanto de todo lo que había pasado en su ausencia, apenas entré a la casa, mi madre se paró de la silla y dijo: ¡Virgen santísima!. Sí, habían matado a la señorita Colashion.

Según cuentan, el mismo General la mató de varias puñaladas cuando ella dormía. Dijeron las vecinas que era lo único que sabían, que por más que investigaron con los soldados y los vecinos de la Colashion y sobre todo a pesar de que en San Jerónimo todo se sabe, nunca supieron bien a bien qué sucedió. A todos les conté que yo había visto allá en México en una enorme pantalla cuando mataron a la señorita, les conté cómo vi que la acuchillaron, también les dije de los angelitos en la puerta de su casa. Nadie me creía lo que yo contaba y nunca más insistí en ello, porque mi madre me dijo que ya no repitiera lo mismo o la gente comenzaría a decir que estaba loco o que era mala gente porque andaba inventando historias de la pobre Colashion.

Nunca más lo mencioné, pero eso sí,  jamás volví a ver alguna película, son terribles, qué tal vuelve a pasar algo como lo de la señorita.

Esa era la historia de mi padre.

Siempre la contaba cuando le pedíamos ir al cine e incluso cuando le contábamos que alguna de nuestras amigas había ido a ver algún estreno. Siempre creyó que los que hacían películas presagiaban y exhibían una desgracia que pronto ocurriría o peor aún, que ellos creaban las tragedias para poder hacer sus películas. Jamás olvidó a la señorita Colashion. Por eso a partir de esa historia el cine se convirtió para mí en un mito, en un enigma, algo prohibido a lo que deseaba acceder. A los 16 años, por difícil que parezca de creer, aún no había visto ninguna película, mi padre nos había hecho jurar, a mis hermanas y a mí, que por respeto a él jamás veríamos ninguna película en nuestras vidas, decía que él sabía que todo eso del cine era pura maldad, pura gente que mataba de a gratis para después exhibirlo. Yo pensaba que él era el ser más cruel, que disfrutaba haciéndonos sufrir, contándonos sus mentiras para hacernos jurar que nunca iríamos al cine. No podía más, decidí que tenía que ir al cine y saber qué era eso tan prohibido que mi padre siempre nos negó así que fui. Desde ese momento el cine se convirtió en mi gran pasión. Estudié producción cinematográfica y me olvidé de la historia de mi padre, quien dejó de hablarme por la carrera que elegí. Yo también dejé de hablarle por sus mentiras y miedos de niño.

Hoy, trato de escribir estas líneas desde una computadora del Centro Nacional de Filmación, donde después de tres días de ingresar como productora ejecutiva, encuentro una carpeta con el título: Cintas producidas en Puebla 60-70 debajo de ese título una acotación: primeras experimentaciones, cine real. Dentro veo hojas en las cuales se relata la construcción de guiones cinematográficos que buscaban el realismo en las cintas,  generando situaciones en las cuales diferentes personas, sin saberlo, actuarían en ellas. La carpeta contiene varios guiones, uno en particular llama mi atención:

 

 

GUION.

Puebla. La de los Ángeles

15.- Interior/Tarde/Casa/Mujer / Actor masculino/Hombre /Cuchillo

Acción: Casa grande con ángeles en la puerta. Actor sentado en la sala, espera que el hombre llegue. El actor improvisará sus acciones de tal modo que pueda escapar por la ventana abierta  […]

 

 

ABUELO

 

Después de la lluvia todo florece.

Repetías, apenas vislumbrabas algunas nubes.

Para esa niña inocente que fui,

ver la tierra abrirse, brotar de ella la vida

era el mayor milagro.

 

La lluvia se convirtió en el indicio:

la maravilla se repetiría.

Por muchos años fue así.

 

Dejé de ser niña,

dejé de creer que todo

podía florecer.

Jamás volví a escucharte hablar

sobre la lluvia.

 

Me convertí en una más de tus huérfanas.

 

Nunca más

anhelé presenciar aquel prodigio.

 

Tú sabes, abuelo, que si me fui

no fue por cobardía o ingratitud.

Cómo soportar que todo floreciera,

que la vida poblara  aquellos árboles

secos y deshojados,

nadie puede ver la gloria ajena

sin sentir dolor y rabia

por la propia desdicha.

 

 

Cómo soportar que naciera vida

de lo visiblemente muerto

y saber que a ti nada te haría volver.

El milagro jamás ocurriría en tu cuerpo.

 

Al alejarme de esas tierras

intenté la supervivencia

donde una vaga piedad de lo árido

me ha consolado.

 

¿Cuántas veces se puede huir?

contra toda predicción,

en este clima -donde nunca llueve-

ha llovido

ya comienzan a asomarse

esos pequeños brotes de vida.

 

Y yo, abuelo,

descubro que para algunos de nosotros

toda clemencia

está negada.

 

 

 

 

 

TÍO CHELO

 

No sé si lo sabes, pero en la casa ya no te lloran.

Guardaron todas tus herramientas de hombre de campo y sellaron la puerta de tu casa, quizá, para que a varias de nosotras, no nos gane la tristeza y corramos a buscarte en la soledad de tus cuatro paredes.

Tú tienes la culpa, Tío Chelo, que estemos enojadas contigo, nos acostumbramos a creer que nada te vencería. Sobreviviste a  casi todo: a  esa única vez en que tu cuerpo se enfermó, a aquella embestida del caballo y a esos meses de vivir a la intemperie; cuidando que nadie robara las mazorcas. Hasta llegue a pensar, en mi mente de niña, que eras un toro que se hizo hombre. Abuelita decía que tú nos enterrarías a todas, como premio por ser único entre tanta mujer.

Nadie imaginó que sería ahí, en la intimidad de tu cama, donde se tejería el murmullo de tu muerte. ¿Cómo no lo viste, Tío Chelo?, Tú, que en la lejanía distinguías el rayo de la liebre que después sería manjar en la mesa, tú, que al menor movimiento de una coralillo le saltabas encima para terminar, sin clemencia, con su vida. ¿Cómo no viste a esa insignificante araña, Tío Chelo? Quizá ella estuvo vigilándote por días y en la humedad de tu cabecera, encontró el sitio perfecto para hacer de ti  su presa.

A veces pienso que sí la viste anidar cerca de ti y al observar su diminuto cuerpo, pensaste –como era tu costumbre- que algo tan pequeño no era capaz de causarte daño.

Nadie te dijo que también aquello que parece inofensivo, en la oscuridad de lo íntimo, puede aniquilarnos.

 

 

 

  CIRUELO

 

El árbol había resistido la sequía,  

el casi eterno vendaval

y aquella plaga

que lo despojó de toda grandeza.

Pese a ello y con obstinación de roble

permaneció en pie.

 

Vivió como un barco encallado,

una casa de juegos

para la niña que fui.

Quizá por ello mi madre

 -en contra de su obsesión

por llenar el patio sólo de árboles

majestuosos, fuertes y sanos-

le concedió más vida.

 

Por meses creí

que ella premiaría la perseverancia

del ciruelo,

su voluntad para seguir anclado

a este mundo.

Pero me equivocaba,

 la prórroga llegó a su fin:

A veces la voluntad no es suficiente,

 la escuché decir,

 mientras el árbol era derribado.

 

Nadie supo en casa

por qué no protesté, ni pude llorar

como tampoco supieron

que por años odié al ciruelo,

lo desprecié

por no haber resistido

la mano de mi madre,

por ser árbol

y no quedarse.

 

 

Sobre la autora: 

 

NADIA LÓPEZ GARCÍA (Oaxaca. 1992). Poeta, traductora y pedagoga. Su trabajo ha sido publicado en espacios como Punto de partida, Tema y Variaciones de Literatura, EstePaís, Pliego16, Círculo de poesía, La Jornada, entre otros. Participó en el Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México y en les Festival de Poesía Di/Verso. Colaboró en la organización del Primer Encuentro Mundial de Poesía de los Pueblos Indígenas y ha brindado talleres de creación poética para niños y migrantes en Oaxaca y el Distrito Federal, es responsable de la columna de creación literaria “Alas y Flores” de la Revista Cultural Mexbcn  de Barcelona, España. Colabora en el proyecto de traducción de la Enciclopedia de la Literatura en México y es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*