Alrededor de ese vacío | Iván Cabrera Cartaya

NOTAS DE POÉTICA

 

Preguntarle a la naturaleza, recomendaba Hölderlin al poeta. Esa pregunta que está al principio de todo poema es, para mí, desde la poesía clásica griega hasta la actual, una pregunta a la naturaleza del lenguaje.

*

 

Una metafísica del lenguaje: la poesía, apurando la materialidad y sensualidad lingüísticas y su espesor semántico, también es una aventura o un viaje hacia lo que está más allá de él. Busca tocar y descubrir, nombrar lo invisible, lo inaudible y lo impalpable. La trascendencia de la lengua poética parece ser una ocupación oscura, y hallarse en un trabajo continuo en su materia. La tarea del poeta, que sólo acaba con su muerte, parece ser dar una forma distinta, nueva a esa materia.

 

*

 

«Metáfora de la resurrección: la poesía», escribió José Lezama Lima. Sí, la poesía parece devolver al lenguaje a un statu nascendi, a un balbuceo que subvierte el orden social, se evade del discurso de las costumbres morales, desautomatiza y reinterpreta el mundo interpretado. La poesía vuelve, con la mañana, al origen, a un renacimiento de palabras desconocidas: como las que callaban los iniciados en los misterios de Eleusis.

 

*

 

¿No han dicho muchos poetas que, ante cada poema, se sienten como si fuera el primero? En poesía siempre se empieza de cero: «Que tu empresa y la mía sean sólo el poema, / hiélame si algún día no me asombra mi oficio» (Luis Feria).

 

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Tradición, de tradere (entregar, transportar), es, sobre todo a partir del Romanticismo europeo y el simbolismo, una entrega múltiple, el regalo de la más absoluta diversidad. No hay una tradición, sino muchas tradiciones que el poeta, el pintor o el narrador debiera ganarse, no en su repetición, sino en su enriquecimiento. Dos poetas pueden ser y fueron ejemplo de esto, como lo fueron las vanguardias históricas: Ezra Pound y José Lezama Lima.

 

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Lo que el poeta pierde, lo pierde para siempre y es inútil buscarlo. Alrededor de ese vacío, en torno a esa distancia profunda, se crea un espacio de intimidad donde son visitas frecuentes la incertidumbre, la soledad, la espera o el silencio.

 

*

 

Muchas veces lo que el poeta hace es presentar un enigma, una imagen del pasado que lo posee. Con un lenguaje audible y visible forma lo que ya no puede ver ni escuchar. Los abismos emocionales e intelectuales de un poeta hallan consuelo en la construcción estética como signo o huella que aspira a la permanencia.

 

(inéditas)

 

 

POEMAS

 

 

El guaydil

 

El tarajal se bate con el viento,

acantilado en el que rompe el mar.

Caminas, camino hacia el final de la tarde

junto a esa miríada de pájaros

negros, sin canto.

El viento inventa la mareta

liminar de las olas. En el aire

pareciera distinguirse un rumor de ahogados.

Nadie va por esta luz hacia

el fondo de la tierra, sólo pájaros

hacia el final del día.

Arranco una flor muerta en la memoria,

su raíz húmeda. No sé qué significa

ese signo en mi mano.

 

 

(de Arena, 2001)

 

 

Casa más vieja que la noche

 

Redobla el sol final

huesos de tiempo

en el bosque de piedra

 

sobre las manos

la corteza del sol

se encoge clausurando

el aire con tres llaves

 

se mantiene la casa

envuelta en una niebla

definitiva y anterior

a cualquier vida

más vieja que la noche

 

y el mundo con el hombre en el lugar

que en otros mundos nadie ocupa

 

 

(de Obsidiana, 2004)

 

 

Entre un desierto y otro

 

Esta tarde, en la playa, el sol entra y sale del libro, marca las páginas con fuego, con la arena que el viento sopla. Esta tarde el sol llena las palabras de materia desolada. El viento gime en las piedras derruidas del castillo junto al mar. Como un perro herido, el viento aúlla, gime, mientras el sol, como en un juego, elige unas hojas, y otras no, de los árboles extranjeros, del flamboyán, los árboles rojos y verdes de la playa tardía. Esta tarde, una tarde cualquiera y transparente, hay un niño también sobre la arena, en el agua, hay un niño mojado que va y viene de un desierto a otro entre los gritos salvajes del viento en las paredes de las palabras que leo, del viento que quiere entrar bajo la cúpula o la bóveda de las palabras inaccesibles, invulnerables en su cuarto de fuego. Sobre las montañas, en las laderas, en el rostro de tabaibas y cardones y piedras, miro, en las montañas que custodian el mar, el paso negro de las nubes blancas, el viaje, la transmigración oscura de las nubes celestes y, en mis ojos, se mueve su escritura, avanza y retrocede, sus palabras que nunca fueron más densas y extrañas, sus trazos en fuga desde el papel diáfano del cielo de verano, hasta el papiro, hasta los pliegues y las hojas, las páginas ardientes y calcinadas de la tierra de malpaíses y páramos, promontorios y lomas. El niño vuelve, quiere que me bañe con él, quiere nadar hasta las rocas de afuera, hasta las aguas más profundas y oscuras, allí, entre los peces que huyen asustados o se disputan la comida que les ofrecen los pescadores, las ancianas, los bañistas, no las adolescentes, las muchachas rubias y extranjeras. Todo es sensualidad, todo es encanto y sentido, todo es sensación y cabellos muy hermosos. Todo es duda y preguntas: al hombre que está comiendo, al que pone y quita las hamacas. Todo es ausencia y constancia, llegada y precisión, densidad y diferencia. No aprendí a leer aquí, pero estoy leyendo y aprendo, otra vez, a conocer y a bordear lo que nace y resucita. Rodeo, le doy vueltas al sol, que no sabe, que está ciego, como Edipo, como Homero, como la llama que permite ver; pero no puede mirar. La muchacha, la francesa, acaricia el borde de un vaso, luego besa, pone los labios y bebe el licor negro, la tinta dulce, quizá, de la noche, el color oscurísimo del misterio. Bebe la boca en vaso que no bebe. La mano escribe o roza la superficie del papel, como si fuera el área invicta de un cuerpo extranjero, como si fuera el cielo escrito por nubes difusas e inconstantes, por garzas o gaviotas virtuosas. Esta tarde, en la playa, el sol entra y sale del libro; como Teseo, dobla su clámide, bebe en las copas negras del lenguaje y busca al monstruo del sueño, al híbrido, al descendiente de las transformaciones. Todo es ritual o llueve, ceremonia o liturgia. El sol enhebra, en lianas invisibles, las esquinas, los arcos, las paredes negras y tatuadas del poema. El niño, de pronto, vuelve y dice que quiere dibujar en la arena. Tiene que elegir, como el pintor elige un momento, como el poeta elige una palabra, como el traductor elige una forma de la metamorfosis. Tiene, se propone elegir un animal: una salamandra o un delfín. Elige un delfín, un pez de arena. Todo es elegir descubriendo otra cosa en el reino de la visión. Todo es una cita cumplida con el rey; pero no se puede confundir a un hombre con el sol, no son lo mismo; aunque nuestro sol sea una dimensión humana. Todo son fragmentos amargos de sentido, un coloquio con los extranjeros que guardan sus cuadernos rojos en sus bolsos blancos. Cangrejos ermitaños, aprovechan cualquier concha abandonada, como nosotros: hay que habitar el día, llenarlo, sin nosotros no sería una parcela de aire, un arquetipo mitológico. Ves. La brisa salada mueve la flor roja de los flamboyanes, la flor morada del jacaranda, la flor salada del mar azul oscuro o verde y los cabellos, las flores mustias y veladas del cementerio, la flor ígnea del mundo y la flor sin flor de la escritura. Esta tarde, en la playa, entro y salgo del libro, en un azar elijo unas hojas y no otras. Flota el aire translúcido. Suena un cuarteto de cuerda en la casa blanca, en la ladera, en un cuarto de fuego. La música me salva. El sol se pone, los extranjeros se marchan. El niño acaba su dibujo y lo destruye. Fin y recomienzo. El mar, los árboles y el libro, los cuerpos son una inundación de la noche. La apuesta es al vacío. Dulces y negras, incesantes las desapariciones. Cada vez es más difícil leer y necesario. Ahora, quizá, sólo perdura la ausencia, el exilio, el éxodo. Ahora hay que leer, expulsados del mundo, en su materia negra y calcinada.

 

 

(de Fragmentos de sentido, 2006)

 

 

Los consanguíneos

 

Alguien joven que va a dormir:

un muchacho, una adolescente

embriagados por la sensualidad,

que preparan el sueño y llevan

en su interior la efigie del deseo,

la densidad nimbada de lo hermoso.

 

Un cuerpo que comienza a desnudarse

se roza como un vaso desbordado,

donde enciende la luna su tibieza

y es una copa levantada

como un ofrecimiento a lo invisible.

 

La juventud que se alimenta,

que bebe la contemplación

serena en otros cuerpos semejantes.

Y se extiende un olor a incienso,

el canto de los grillos

y el latido de las estrellas.

 

Alguien, me digo, que conozco,

que he visto brevemente en abundancia,

que se detiene en las adelfas

y aspira los perfumes del jazmín;

una figura voluptuosa

de cabellos dorados y atávicas pupilas.

 

Un animal precioso y terso

que muerde un fruto y se estremece,

que pronuncia palabras fulgurantes

y se queda en su intimidad.

Al desnudarse se revela

cada forma que guarda su memoria,

cada ser que ama con secreto.

 

Así se halla, sin cauce y sin vestido,

en la música misteriosa, imágenes

del deseo que la mirada

coloca ante sus labios como un vaso

donde bebe, sin prisa, el sueño y la unidad.

 

 

(de Bajo el cielo innumerable, 2007)

 

 

Para Yorgos Zeotokás

 

Cuando el joven griego, Damaskinós, llegó a Las Piedras y abrió las cajas de las habitaciones, no podía ver que, en tanto, la luz curaba las llagas ardientes de las islas. Allí estaban el antiguo profesor y sus shakepeareanos hijos, envueltos en el olor mortal de las adelfas y en el polvo suspendido que amordazaba el gramófono y momificaba el rostro de los antepasados, hieráticos y egipcios en su rango de dioses de una estirpe olvidada, grisácea como el fusil de una guerra perdida.

 

Cuando el adolescente helénico, diría Cavafis, llegó a la hora del té, no quiso molestar ni interrumpir al barbado, vetusto profesor ni a sus lacónicos, terribles hijos. No quiso apoyar su mano delicada, leve en la consola, recomponer su traje, organizar su discurso, elegir sus palabras y otorgarles un orden perfecto y de cuidada, intachable prosodia. Como si estuviera en el ágora ante Platón o Parménides, se sintió abrumado, excesivamente respetuoso, tímido.

 

Fijó su mirada en el jarrón hindú, del siglo diez, adornado con elefantes sagrados. Fijó sus ojos, de un azul zafírico, en las flores del día, cogidas de un jardín colgante sobre el Mar Egeo, no lejos de las cúpulas y las cruces de humo, no lejos de las águilas que recitaban a esa hora el Apocalipsis de Juan.

 

Tuvo que callar mucho, aceptar el protocolo, salvar incomodísimos silencios que tejían cortinas de acero en el aire viciado de la terraza. Todo eso hasta que alguien, una muchacha más vieja que el sol, dijo los versos de Shakespeare, y comprendió la tragedia que se avecinaba sobre cada una de aquellas vidas.

 

 

(de Cariátides, 2007)

 

 

Interregno

 

Caen sobre la tarde las arenas

De otra tarde al igual que, en la memoria

De un anciano, una flor

Cae sobre otra y se derrumban

Como un montón de piedras sobre el mar.

Cae sobre la tarde el sol,

Y el sol se cae

Como un anillo de las manos para

No ir a ninguna parte.

Pienso en lo que pensaba ayer,

En lo que pensaré mañana

Hasta que no me acuerde nunca.

Mido el vaso, lo llevo hasta la boca

E imagino los vasos y las bocas,

Su sucesión,

Hasta que me da miedo

Y me quedo sin fuerza.

Cae la luz en la madera,

Se hunde en las mesas, en las ventanas,

En el cristal la voz y el vuelo.

Caen las cosas invisibles

Y sin masa en el pensamiento.

Todo parece descender,

Ni siquiera el amor es suficiente:

No puedo conformarme con eso ni con nada,

Bueno, quizá con nada sí.

Tal vez sólo la nada pueda llenarlo todo.

Todo, nada en mitad del caos,

Donde estoy con los dioses, abismado,

O en un café cualquiera

Donde también yo caigo con los ojos

En el mar negro de las letras,

En el don exiliado de los nombres,

En las piscinas, en el cementerio

De piscinas vacías que guarda la memoria.

También yo soy la suma de esta caída,

La imaginada lengua que contiene

Lo que sé y lo que soy:

Lo que no sé, lo que no soy.

Unas mesas vacías junto al mar.

Eso piensa la mente porque

La mente no es más que un lugar del mundo.

Un sitio que se apaga hoy

Y llega al fondo de sí mismo,

Y no se alcanza nunca

Porque no hay fondo

En el pozo febril de la conciencia.

 

 

(de Un sueño de esplendor, 2010)

 

 

[Celados…]

 

Celados por las ascuas que consumen

Nuestros ojos, pavesas

En el cielo de abril,

Nos recibió el amigo

Y vagamos sin rumbo

En la calima huraña,

En la mañana torturada.

 

Oro y laureles minuciosos

Cubrieron nuestras voces

Que hablaban de islas y de viajes,

De olvidos y esperanza:

Hablábamos.

 

El mar brillaba cerca

Como una fortaleza de esmeraldas,

Como un castillo de cristales

Quebrados por la percusión del sol.

 

Incubado en la rosa obscena

Del alba,

Crucé bañado

En la lubricidad del aire.

Me dije: aquí me perdería

Si no hubiese vagado siempre

Al margen de lugar reconocible.

 

 

(de Creencias de verano, 2013)

 

 

[A veces…]

 

A veces me llamas como si no me conocieras, como si fuese para ti un espejo empañado, una moneda borrada, un perro perdido que llorase dentro de un cavernoso corazón de hombre. Me levanto o me siento dentro de una grisácea claridad de tumba enmohecida, y ya no me reconoces. Y tú alardeas, árido, altivo, proceloso, extendiéndote hacia el sur sobre las copas de los pinos, arrastrando algodón y ceniza luminosa. Y eres la gran serpiente en el valle de la sequía, y un río confuso e intangible que se retuerce en mi carne como un golpe. Escucha: caminemos juntos sobre el plomo de las noches y busquemos una orilla donde desahogarnos. Vivamos respetando al caballo que pace en la ladera y a las mujeres de mi estirpe, cuando salen juntas de la casa para respirar en la niebla, para mirarse unas a otras como candelabros enfrentados sobre una mesa, sin entender nada hasta que sale la gran luna oriental sobre los álamos y el nogal que plantó mi abuelo cuando esta tierra solo era una cáscara reseca en la mano de un dios indolente. Tú eres como un chacal solitario, y yo arrastro la música de una sangre prohibida, así es que somos casi idénticos; pero no lo mismo. Brioso, rotundo, tus gestos son los del centinela en su vigilia; los míos, los del niño que no puede dormir y funda su mitología.

 

 

(de Para ser recitado al viento sibilante, 2013)

 

 

La memoria en las noches de verano

 

Cómo surte en la noche la memoria,

cómo lisonjea y se exhibe,

cómo clama y reclama,

cómo gruñe, celosa y en celo.

Cómo es de apasionada, cómo se embebe y bulle

en su castillo de pasiones.

 

Hay que ver cómo me provoca,

cómo fustiga mis sentidos

con sus jugosas redondeces suaves.

Cuánto dice atañerle a la muy condenada,

cuánto me miente y se engrandece

sobre sus taconazos de humo.

 

Ay, cómo es, cuán caliente está.

Cómo se pone truculenta

y morosa, de veras que enternece,

que mimosea de bastante,

aparente y sin vuelta.

 

Cómo no oírla cuando se arregosta,

cuando descuera el cuarto y las paredes.

Cómo mendiga, regia en su costumbre,

salvaje y mansa al mismo tiempo,

orillando los bosques que son playas

donde desova el lobo y corre el viento azul.

 

Calamidad, memoria madre,

que se pone, solita y provechosa,

a parir sus adultos huevos,

sus infantes ancianos,

su comezón de burbujeos.

Dame un pábulo o una tregua,

deshójame más tarde. Deja

que el olvido, mestizo o criollo,

me alivie un poco, me despeje,

me saque por ahí,

pida mi mano antes que tú,

y me evite cargar con tus bártulos,

tus desvanes con caballito

y álbumes de polvo sofocante.

 

Por favor, no me lo hagas más difícil.

Amémonos un poco menos

esta noche, querida puta,

memoria lucrativa y miserable,

reina menesterosa, próvida huérfana.

No nos digamos los engaños,

conjuguemos tan sólo los besos necesarios.

 

Hazme hueco en tu sudorosa alcoba,

mas hoy no quieras tener nada

conmigo, que me aquejan demasiado,

hasta el tuétano carnoso,

tus encantos de época, tus afeites,

tus tenaces y eróticos poderes.

 

 

(de Alētheia del sur, 2017)

 

 

 

 

Iván Cabrera Cartaya

 

(Tenerife, 1980) es licenciado en Filología Hispánica y Filología Clásica por la Universidad de La Laguna, donde también cursó estudios de Historia del Arte y de Filosofía. En 2006 intervino en el III Congreso de Poesía Canaria, y en febrero de 2009 el II Encuentro de Jóvenes Escritoras y Escritores Canarios. Durante febrero de 2010 colaboró con un ensayo en el libro colectivo Presencia de José Ángel Valente (2010), editado por la Universidad de Santiago de Compostela. Poemas suyos se recogen en la antología Poesía Canaria Actual (a partir de 1980) (2010), de Miguel Martinón. Ha publicado los libros de poemas Arena (2001), Obsidiana (2004), Fragmentos de sentido (2006), Cariátides (2007), Bajo el cielo innumerable (2007), Un sueño de esplendor (2010), Diálogo en el desierto (2011), Para ser recitado al viento sibilante (2013), Creencias de verano (2013), Noche en jardín destruido (2015) y la plaquette Alētheia del sur (2017). Ha editado también el libro de entrevistas Bajo la bóveda del tiempo. Conversaciones con Miguel Martinón (2009) y el de relatos Tentaciones al caer la tarde (2015), además de realizar el prólogo para la reedición del libro La vida de Rubén Darío escrita por él mismo seguida de Historia de mis libros (2007). Poemas suyos han sido traducidos al italiano, al francés, al alemán y al griego moderno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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