Poemas de Oliverio Arreola

Presentamos una selección de la obra poética de Oliverio Arreola (Villa de Allende, México, 1974). Ensayista, poeta y editor.

Trino. Toda luz es un relámpago; de un ángel, el último gorjeo.

* *  *

Deslumbramientos.  Cruza el cielo un ángel o ¿es un pájaro?

Certera, el ala corta el cielo.

Un gorjeo se precipita por la copa al aire,

Se abre el canto.

Brota la luz bajo el relámpago del vuelo.*

Ataques de ansiedad

* *  *

Una almohada en la cara y no respiro. Otro ataque y mi cuerpo se detiene. Un pájaro ciego cruza por mi pecho y comienza de nuevo su canto con arritmias. Se cierra mi garganta. Todo el aire, un mar inmerso de ahogo y sedimento. No encuentro bocanadas. Todo muere como un gorrión de alas rotas batiéndose en un vuelo, sangrante hacia el abismo, cayéndose en picada.

Despierto y no respiro. Se angosta mi garganta. Todas las jaulas del hombre son antiguas. ¿Es esto el vacío? ¿La forma de saberte y de dolerme? El aire se detiene. ¿Qué puedo respirar si no la muerte? Todas las jaulas del mundo son las mismas. Tu cuerpo, tu voz, son el vacío.

La misma oscuridad que nos aterra. La misma jaula. ¿Qué necesidad es ésta de saberte? Qué dura, qué fría toda la muerte. Qué inmensa es la noche del olvido.

* *  *

Cuando un pájaro se muere ¿vuelve a nacer otra vez pájaro?

* *  *

En el interior de mis párpados habita un pájaro. Mis pestañas son su jaula, los pistilos en mis pupilas fuerzan su condición a nido. En esta luna córnea su canto es cristalino. Si ensucia la retina su piar es lamentable, despierta su ojo al alba y es manantial, fuente incansable, rocío de la mañana. Si levanto los párpados, vital se lanza al vuelo. Toda la noche duerme [toda tiniebla es ígnea].

Mas, al alba, a un relámpago de luz un pájaro se abre.

* *  *

Cuarteta

La ciudad no es lo que nombro. Es la llave, el rostro, el polvo que nos lleva.

La ciudad no es esta imagen, la quimera. El acertijo, la clave donde escondo

este ir y venir. Tiempo y desierto. La arena suave del reloj contrito.

Esta ciudad es todos sus muertos: la grande arena de lo infinito.

* *  *

Aves migratorias

Tu nombre es una reina.

Una reina de piedras y cuchillos al tratar de imaginar que puedo no quererte.

Y un pequeño aluvión con lentas migraciones convulsiona cuando pretendo que puedo vivir sin extrañarte.

Hoy me despertó el canto de unos pájaros.

La bandada de estas aves pasa todas las mañanas pero, apenas hoy, su canto pudo despertarme.

Sé que son aves que vuelven del otoño, y que han estado dormidas en sus nidos mirando cómo pasa el blanco frío del invierno por sus alas acezantes.

También hoy supe que el invierno es una forma de perderte y alguna otra de la asfixia de nombrarte por mis manos.

Ayer, así nomás —y sin querer— yo supe que la erosión de la tierra es apenas una forma de saber

que, un día, voy a ser la pena de morir porque mi nombre quiera vivir lejos del tuyo; de sentir pasar el aire como una esquirla justa antes del frío o la sangrante arena, obsidiana o piedra pómez devastando mis soldados.

Tu nombre es una reina.

Y un pájaro carpintero me desangra mientras trato de imaginar cómo sería el mundo si dejara de quererte.

Hoy, mientras dormía, me despertaron unas aves y una cabeza de medusa esparció por mi pecho su nido de serpientes.

Trato de imaginar cómo sería el mundo si dejara de quererte mientras un enjambre de gaviotas me graznan como pájaros por tratar con sus cantos de engañarme.

Sé que la tristeza es una forma del encanto, otros ángeles con manos, ciertas sílabas sin métrica peleando por apenas seducirme.

Tu nombre es una reina, un endecasílabo al silencio mientras canto que sin ti, en este mundo, la erosión es apenas una forma de vivir.

* *  *

Última ciudad

Hoy saldré a la calle con la aurora, y propondré que se pongan a una misma hora todos los relojes; que el café de la esquina, esta mañana, regrese al mismo aroma que tenía cuando te fuiste. Pediré

a los transeúntes de la casa que ya dejen de mirarme, que borren de mi frente tus fantasmas, expulsen de mis ojos tu mirada de gaviota y erradiquen de mi cuerpo tu gusto por los tigres.

Hoy saldré a la calle a pedir que me exorcicen y que me extirpen de las venas tu sangre asalumbrada; y pueda cortar las amapolas que crecen por las calles sin extrañarte en el cansancio que me arde en los meniscos. Pasaré por el lugar de los helados para saber lo que es negarte, pedir tan sólo uno y saborearlo, sin llevarte de la mano, y seguir de frente hacia el cine con un boleto.

Por la tarde me sentaré sobre la acera a conversar con el asfalto y lo caliente acerca de tu ausencia y que me dueles. Después, volveré a los lugares que dejamos: la esquina, el puente, los parques, nuestro bosque, a discurrir de tu falta con los pájaros errados y a excusarme por las marcas que no se borran del abeto, a disculparte por mi boca tus promesas, y a enloquecer que no regresas aunque la gente me desuelle lapidaria. Iré a la escalinata del Calvario a desdecirte de palabra y juramentos, a conciliar por tu partida si no vuelves, a desandar por tus pasos caminados, a pedir que nos perdonen el retorno —que tú no vuelves— que algo en esta tierra se perdió y que no regresas. Que lo que aquí una vez perdimos, para siempre, se extinguió en toda la tierra.

* *  *

Epistolario

Te debo la camisa azul a rayas que no pude guardarte. Y el viaje aquel, a Uruapan, el pasado doce de diciembre en que nos vimos.

Te debo el calendario que guardamos y que se nos ha ido deshojando mientras a solas pasa —con qué tristeza— el tiempo.

Te debo los juegos con mis hijos, los cumpleaños que juntos nunca festejamos.

Te debo la roja cicatriz donde me dueles y que nunca curarás por no asfixiarte, por no salir herida y sola, y contagiada y más enferma.

Te debo la agonía, el cuento lento con que a solas pasabas mis tristezas; el soplo de la tarde que aún se ahoga mientras duermo, el abrazo breve y frío que yace muerto entre los brazos, en los que tristemente aún hoy navego.

Te debo todo aquello que te di, el cuerpo mío que ya no está y tampoco tienes. Te lo debo. Porque si no estás aquí, quizá nunca te lo di —o, tal vez—, nunca quise verdaderamente que fuese como dije: siempre tuyo.

Te lo debo porque hoy, que ya no estás, me quedo loco, y a veces sordo y ciego, y te contemplo. Y me pongo a cocinar para olvidarte y a hacer las labores de la casa, para calmar el apetito de tu nombre, para que deje de pronunciar tus versos y tus cartas, cortarme ya de tajo tus palabras y por siempre lo que un día, yo, en mi corazón, también te dije.

Me pongo a cocinar para pensar en instructivos y recetas, en medios kilos de tu carne y de mi carne, y de una harina que jamás con huevos revolvimos para hacernos aquellos hot cakes que nos juramos mientras untábamos miel y mermelada en nuestras manos, y nos moríamos de diabetes.

Cocino para llorar como se lloran las cebollas. Y no es mi llanto quien te extraña, sino el de esa mesa tuya que te espera con las lágrimas cerradas y apretadas contra el puño, mientras la silla hecha un guiñapo moja con sus ojos las mejillas cada día, casi muerta, porque te espera aquí y tú no llegas, y se cansa de mirar sus cuatro patas desoladas.

Cocino para ti porque, al marcharte, me dijiste con los ojos que te ibas, pero también que regresabas y que yo no sabía usar ni un cuchillo, ni rebanar las zanahorias para una ensalada de aquellos vegetales que un día entre los dos juntamos.

Te lo debo. Sé que te lo debo.

Te debo la sal y la pimienta, y el ajo y la cebolla, y la pizca de canela del agua para té con que te sigo yo esperando.

Te debo la camisa azul a rayas…

* *  *

Océano mar

La cama que dejaste se hace pedazos mientras duermo; carcome mis miembros por la noche y arrasa mi tronco por la pelvis. Perra enardecida entre las sábanas, me muerde. Y yo allí, en el sueño, la rasguño. Lucho contra ella a quemarropa y hago que también soporte mis ladridos. Pero entonces se pone más rabiosa y muerde entre la carne —y más adentro— y me clava sus colmillos fuertemente, y me ladra atormentada por su ira, hasta que atina a despertarme. La cama que dejaste se hace pedazos mientras duermo.

 

Sobre el autor: 

Oliverio Arreola (Villa de Allende, México, 1974). Ensayista, poeta y editor. Es licenciado en  Letras Latinoamericanas por la UAEMéx y, recientemente, cursó el doctorado en Humanidades: Estudios Literarios. Ha sido Becario del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (FOCAEM) en las áreas de poesía y ensayo.

Ha publicado: Las otras caras del rostro, 1998; Pasión de Caza (Premio Estatal de Poesía Joven José María Heredia y Heredia), 2003; Mar Adentro, Premio de Poesía Juegos Florales Nacionales de Cd. del Carmen, Campeche, 2009; Cacerías, (Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2011); compiló el libro de ensayos El poema extenso en México, 2012 y la antología (en coautoría con Armida González Carbajal) Óyeme con los ojos. Poesía femenina del Estado de México. Siglo XXI, 2014. Su obra se encuentra reunida en Caza de sciervo (Antología personal), 2015. Con el libro La isla de los pájaros obtuvo el Premio Estatal de Literatura “Laura Méndez de Cuenca”, 2016, Actualmente es catedrático de lírica y creación literaria en la Facultad de Humanidades de la UAEMéx.

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