Poemas de Rafael Santiago

Presentamos una selección del poemario La sombra de la piedra de Rafael Santiago (Lanzarote, 1973).

 

 

TODA CIUDAD

Toda ciudad tiene una matriz de herrumbre
de ruidos asfixiados de vértebras,
donde hay hombres que despiertan en sus insomnios al alba.

Toda ciudad tiene una cómoda ceguera de nubes grises.
Una amenazada partitura de habitados lamentos,
entre lenguajes de ceniza afónica
que vomitan sueños con ulceras calientes.

Toda ciudad tiene un orden vertical de la soledad.
Una tiránica mecánica del erotismo.
Trópicos de carne.
Noches de himnos dérmicos que se separan.
Sufridos colores líquidos de esperanza.
Corazones que ayunan.

Toda ciudad tiene un incomestible arte higiénico.
Una política coja estrangulada  con finos guantes de mármol.
Un vocabulario estelar de eczemas.
Un hambre corrosivo de escenarios.
Una lubricada música de elementos huérfanos.

Toda ciudad tiene una verde y profunda longitud que se estrecha.
Plazas donde los picos de los pájaros hacen la autopsia a las estatuas
y oscuras sangres anónimas forman mudos continentes.

Toda ciudad tiene un invernado derrumbe de insignias.
Un sudor cáustico de silencio de náufrago.
9 mm de locura cromada.
Un vocerío frío
que amamanta la huérfana sombra de los suicidas.
Una enfermiza sed de tripalium.
Un inevitable itinerario equilátero de tristeza.

Toda ciudad tiene una pronunciada sombra de Gólgota.
Un despertar despidiéndose de verdugo.

 

 

LA NOCHE

Cimentada con la materia
de la que están hechos los muertos.
La noche en su morada blanca
estremecida en su clímax,
sufre las heridas disecadas
y su perfecta pasión de infección y luz,
ofreciendo sus descubiertos muslos ortopédicos, adintelados,
anunciando la flaqueza de la carne cruda,
que recorren conquistando su exilio ortográfico los poetas
hasta sus profundos crematorios de esperma.
Donde pastan ebrios centinelas con aguijones epilépticos,
que salen de los entumecidos agujeros de la fiebre hipodérmica,
empuñando vaporosos discursos garabateados a golpe de frío fermentado
a la intemperie de los vasos cardinales,
quemando los últimos pliegues húmedos de su juventud,
poblando la espuma  turbia que extravía trepando lo eterno inmóvil.
Desde la que se arrojan equivocados como amantes
practicando el elemental ritual del sudario sin testigos.

La noche ofrece ensueños que gravitan en los bostezos.
Amores calientes hundidos a barlovento.
Injertos de ceniza para mutilados fuegos.
Tempestades dormidas bajo los minaretes del siroco.

La noche ríe desdentada
junto a la ahorcada respiración de los borrachos,
perdiéndose por la senectud del silencio y sus cornisas.
Antes  de que en los sótanos el tétanos de la maquinaria
ponga en marcha su engrasada sinfonía para turbinas,
cuando la ciudad encuentra su nombre al amanecer
en el carnívoro estirón de su origen,
extendiendo sus góticas manos iluminadas
con rígido sudor de sombras.
Antes de que comiencen los muertos a soñar líquenes y reptiles en las terrazas.
Tomen al asalto las palomas entonando sus odas químicas las plazas y tejados.
El último aullido de los delgados perros sea masticado
por su hambrienta sombras de rata.
Calle un instante la pólvora reencarnada.
Retomen su verdadero oficio los cuchillos en las cocinas.
Haya sido la última esperanza descuartizada en los lavabos de los bares.
Se acurruquen crujiendo los vagabundos sobre la muerte en los periódicos,
enredados en sus escamas de lana bajo los puentes.
Y cierren sus ojos las estatuas.

 

 

INÉDITO

La tarde llega con antifaz de niebla
apoyándose ebria y triste
por las impúdicas contusiones de luz en las fachadas
que la ciudad al encenderse muestra
prisionera del mineral  de su origen

Recorro las calles habitando su energía fría

Desordenadas voces a empujones
se desplazan hacia la unidad del desencuentro
con flamígeros latidos
avanzando dócilmente en sístoles

Una invención de vacío mecanizado las envuelve
quemándoles las yemas de los dedos y los ojos

Una longitud de números y ruidos las separan
confundiendo la naturaleza de sus sentidos

De la boca del metro asciende una triste melodía
alguien toca un viejo violín
tensado con pedazos de cuerdas de un recién ahorcado

Los automóviles rugen y olfatean los miedos sin aliento

El tiempo bombea su fluido cáustico
sobre el cansancio de los puños galvanizados
en las fábricas
junto a los barrios de la periferia
que parecen cadáveres a la intemperie
tendidos sobre el prodigioso manto coagulado de la naturaleza
cuando la lluvia traza sus signos bajo el cielo

Seres mitológicos duermen en sus soportales
apretados contra los cráteres de la oscuridad

Criaturas abatidas por la fecunda deformidad de la existencia
que al amanecer saldrán detrás de un rastro de migas de pan
que les va arrojando la muerte

Retrocedo en diástoles en las lustrosas avenidas

Donde el Panoptico desde lo alto de sus rascacielos
humea sus celestiales economías
renovando las políticas del silicio
sobre la fatigada desolación de la carne

Donde los leones tuertos custodian los palacios de oro y azufre
y en su interior los mensajeros de la infección
alumbran la maternidad del crimen cada mañana
intercambiando cosméticas sonrisas

¿Por qué?
Nos obligamos a esperar el funeral de la luz
mientras le vendamos las heridas a la muerte

Por que  no arrancamos del frío, la luz
para cauterizar este ecuador de tristeza
que se extiende camino de la noche.

 

 

 

 

Sobre el autor: 

Rafael Santiago (Lanzarote, 1973) autor del libro La sombra de la piedra (2009), ha colaborado en revistas como NU2 y el fanzine Majalula, participando como autor invitado en eventos como la Bienal de Arte  de Lanzarote Literart Music y el VI Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas.

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