Los hermosos ausentes: tres poemas de Aleqs Garrigóz

Presentamos tres poemas de Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, 1986)

 

 

LOS HERMOSOS AUSENTES

 

RAMO DE FLORES ABATIDAS

 

A Rosalía de Castro

 

Como páginas muertas cayendo al ocaso

o cera sobre los dientes del cadáver amado…

o quizá la fiebre del niño que sabe que morirá:

así evoco tus palabras tras la pálida cortina

si de vuelta pienso en ti como en un susto

o renuncio a leerte por la ausencia del significado del llanto.

Magma que no vendría al mundo sino a lamerlo

mansamente, hipocondría quieta:

este beso para ti, puesto en un patíbulo figurado.

 

Fue una cuerda en el vacío, triste clavo sin funeral,

aquel momento en que entraste en mi vida como mal presagio.

Y en mi habitación enmohecida

tu estampa de caro fantasma recrea cada línea

del paraje gris de tus congojas.

 

La tarántula de tus opresiones

hoy me pareció acorde a mi desvelo.

Y porque tu flaqueza hizo torrente de lágrimas,

donde viajé sumiso como el amor por la muerte

y fui algo persistente como un dolor de huesos,

a ti respondo en la distancia de las memorias.

 

Pero ahora, ¿de que sirvió el débil ademán

vaciado en la escritura deprimida?

Mentirías si el diálogo de sombras

no recuerda tu pobreza ante las iras de un ídolo tuerto,

a tu familia bebiendo malestar como una leche agria,

al desvarío de lo que sonríe,

al triturador de sueños que acecha desde siempre.

 

Ilumino mi casa y pretendo olvidar tu episodio,

esa pequeñez temblando ante el espectáculo del pánico,

ropaje rugoso y ceñido que otros llamaron vida.

Tu obra es una entraña vulnerada

que apenas las moscas revolotean.

Pero es indudable que tu hogar es, ya en mi corazón,

el purgatorio que sólo existe por querido.

Allí cuentas, grano por grano,

un botín  que es como el polvo en la cruces

y la sangre en los templos;

allí un suspiro estrangula al niño

que llamarías desesperadamente, abrazándolo,

como a un tronco que la corriente quiere arrebatar.

 

Estaríamos juntos aquí, de verdad,

si este poema no callara tanto,

y si el tiempo pudiera unirnos en un cristal apagado:

tú como nodriza procuradora sólo de tristezas,

yo como blasfemia vomitada a la cara del sol.

Pero no importa. Porque nada hay por remedio.

 

En páramos inhabitados de mi ánimo

sigue cayendo una garúa de añorados despojos,

más sentidos que la cadena que la inquietud amolda.

Allí emigra mi torcida inclinación

atada al desasosiego que compartimos,

por estar junto a las migajas de cariño que sembraste en mí.

 

Y la madrugada va formando una tumba,

donde apenas puedo depositarte unas ofrendas

que viento en el umbral de la eternidad barrerá.

 

 

CIERTA OSCURIDAD CRÓNICA

 

A Edgar Allan Poe

 

Bajo otro lodazal en podredumbre,

en un bosque sepia, has ido a sucumbir

bajo la piedra del amor enfermo de muerte.

El veneno del estupor,

la luz que ciega a colegiales aptos para el sexo,

resucitan dramáticamente frente al espejo

cada vez que las tijeras cortan un cuello

y el animal violento se acicala como si nada.

Yo sigo aquí en pie para recordarte.

 

Y la obsesiva risa del loco aúlla

justo al derrumbarse la casa de mis falacias;

tempestad de la sangre, alarma del plenilunio

que despierta la crueldad en zoológicos crepusculares

y en alcantarillas donde pernocta la fantasía.

Te perdería, si quisiera encontrar tu signo en el incendio

en que vivo pidiendo auxilio.

 

Pero no. Lo letal es la belleza: es el vacío amado

que anuda y aprieta el corazón

con la lujuria del canibalismo,

estos huesos licuados en sus propios tuétanos.

Es la serpiente que ahorca la fragilidad del amor;

el amor que se seca de tanto llorar.

 

En la oscuridad del silencio,

en este un castillo en ruinas plañendo,

tu demencia aguijonea a la mía como una música

y reluce como fuegos fatuos sobre la loza prometida.

Éste es el desequilibrio de la naturaleza:

el disparo en la propia sien, un huracán de pesadillas,

la carroña dispuesta para la fornicación.

Y todo es el carnaval donde te veo alejarte.

 

Nunca tuve tu inclemencia en mi taquicardia

ni el fuerte olor a humedad de tus zapatos

depositándome un beso muerto.

Toma, entonces, si quieres,

espíritu que ronda la vaguedad de estos balbuceos,

este cuerpo de mente que juega a destrozarse

para anunciarlo a la ciénaga de la decisiva perdición.

Pero, antes –te lo suplico–

átame a tu medida sin colmar; dame la sapiencia

de tus posibilidades perdurables ante la pavura,

el sentimiento adúltero

que dominaría una sola vez la escritura meretriz.

 

Tú pudiste haber trazado un final para mí,

maestro de oscuridades; una dicha secreta

más allá de esta realidad atiborrada,

esta cárcel de sonámbulos

en que exploramos la profundidad de lo tremendo:

misterio total, pacto suicida irreversible

frente a las matemáticas infinitas del horror.

 

Pero callaste sin dar algún nombre mítico

a la pestilencia de mi alma,

sin calcular mi último desvarío.

 

Yo…  sólo había estado queriendo soñar

compartir un poema contigo,

la mecedora donde habría de dormir para olvidar

que esta noche alucinada, con toda su fastuosidad,

no me trajo nada.

 

 

ECO DE PROMESAS INCUMPLIDAS

 

A Dulce María Loynaz

 

Mixtura de rosa y gris

es la linfa sutil de tu ausencia trocada en arena

con la misma monotonía ferviente

con que el panteón se abre para recibir toda humanidad.

Te admiro por tu instrucción de momia

y haber sido novia de la muerte

sosteniendo un chal de dulces mentiras

bordado con estrellas calcinadas.

 

Porque todo cariño es helado

cuando es de este mundo, tu vanidad

fue una pequeña embarcación naufragando

por un mismo paralítico atardecer,

consumiendo todo lo que habías creado adentro de ti.

La noche no tardó en establecerse:

única, sapiente, declarada. Mira

este foso de aguas intranquilas que revolviste,

y sonríe con una ternura estéril,

tan sólo por hacer que el mundo permanezca hermoso.
Porque, aunque no me lo dijeras, lo sé por ti:

la luz es la suprema labilidad.

Para medir la soledad basta un hombre;

para medir el dolor, una mujer.

 

Y, aunque quiera negar tu ceguera,

he de marchitarme de nuevo bajo tus libros:

hay necesidad de climas foscos.

Y mi verborrea no merecerá una sola de tus canas

porque el chacal robará la esfera de la esperanza una vez más.

Renunciaríamos a todo,

menos al vértigo de los tratados de la desolación;

a esta atadura del sinsentido

glorificando la barbarie de la existencia: miedo

sobre todo los ojos que vieron el sol.

 

Es ahora la eternidad en un estornudo

volando lejos por reencontrarte

en un espejismo de cartas amarillas y luces moribundas

donde beso tu mejilla arrugada como cartón

para declarar finalmente mi paz:

cielo alejado de los hombres que habrías sabido inventar.

 

Quise ser semejanza de tu verso,

con la firmeza del juramento en vano,

girando en aquella misma noria de los vencidos;

y con cefalea acaricié la tela de los sepelios.

Luego, instalé tu nombre en mi galería de hermosos ausentes.

 

Te reconozco todavía en el mismo mausoleo de yeso,

ya quebrantado por el martilleo de los años;

y me hinco para honrar tu tutelar imagen

con una sonrisa de bufón doliente

que entregaría su corazón mil veces apuñalado

por una sola de las hebras de tu fineza.

Y entonces cada lágrima es un diamante.

 

Rasgo mi sentimiento como una guitarra

y cantan la orfandad y el luto.

Dicen una nota de melancolía que espera agradarte.

 

El mundo sigue gozando del mismo martirio,

como en una liturgia inmemorial.

Pero tú ya no estás aquí para admirarlo.

 

 

 

Sobre el autor:

 

Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, 1986), poeta. Algunos de sus libros más importantes: Abyección (2003), La promesa de un poeta (2005), Páginas que caen (2008, 2013) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). Ha publicado una gran cantidad de poemas en medios impresos electrónicos de México, España y varios países latinoamericanos. Figura en una decena de antologías mexicanas. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, neerlandés e italiano.

 

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