Luis Arturo Ramos: La enseñanza de la creación literaria, ritos y retos

Macapiel tiene  el gusto de presentar a sus lectores las siguientes notas en torno a la enseñanza de la creación literaria, venidas de la mano del narrador mexicano Luis Arturo Ramos. Cabe destacar que este texto ya había sido leído antes en II Summit of Creative Writing Program of the Americas, 2016.

 

Quiero empezar por el principio: un entusiasta y estentóreo “¡Sí se puede!”.

 

Creo en la iniciación, estímulo, entusiasmo y decantación del oficio de la escritura creativa. No pertenecería a un Programa como el que me acoge si no creyera en sus alcances y posibilidades. Pero tampoco lo asumiría con seriedad si no estuviera consciente de sus retos y peligros concomitantes. A partir de esta convicción, ejerzo mi actividad apoyado en dos principios. El primero: “Lo que natura non da, Utep non presta”; el segundo: no hay posibilidad de llevarlo a cabo sin el concierto de dos certezas: la de quien sabe que puede enseñar y la de quien  acepta que puede aprender.

Nosotros, los promotores del oficio creativo, nos desenvolvemos en un territorio habitado por las intuiciones y el talento innato de quien pretende escribir y la “truquería” (así me gusta llamarla) inherente al oficio de la escritura. Trucos, técnicas y recursos localizados en modelos ejemplares refrendado por el tiempo y las relecturas de múltiples generaciones de lectores expertos. Lo que haga con ellos el futuro escritor queda a cargo de su esfuerzo, capacidad y pretensión personal.

Respaldo los planteamientos a continuación expuestos, con la experiencia obtenida como miembro de talleres literarios, organizador de los mismos y, muy especialmente, como asesor de esos grupos que se reúnen en torno a la idea y aspiración legítima de que es viable y hasta necesario someter sus esfuerzos escriturales a la sanción y arbitraje de sus pares y de quien habrá de coordinarlos. Recuerdo para tal propósito las remotas expectativas que orientaban mis aspiraciones de aprendizaje, lo que esperaba de mis compañeros de taller y, muy especialmente, de mis mentores. Algunas de estas expectativas han sido superadas y otras enriquecidas por los años y la experiencia propia.

En 1972, obtuve la beca del Centro Mexicanos de Escritores, institución fundada por Margaret Shedd en 1951 e inspirada en los modelos norteamericanos que desde tiempo atrás habían creado, con el sentido práctico que caracteriza a la cultura estadounidense, las escuelas de escritura creativa, coordinadas por profesionales del oficio. Mi primer contacto con la experiencia surgió bajo la tutela de tres escritores mexicanos de alto renombre y reconocimiento latinoamericano. Por fortuna, todos pertenecientes a tres generaciones distintas y con una visión personalísima de la literatura, y de las formas de ver y acceder al mundo a través de ella.

Viajaba todos los miércoles durante cinco horas desde mi sitio de residencia a la Ciudad de México, con las ocho copias mecánicas exigidas por el contrato para ser dictaminadas por mis mentores y pares. Mis memorias transitan de la masacre a la fiesta; de la condena al paraíso momentáneo de una sonrisa, un asentimiento de cabeza o un buen consejo por parte de alguno de los asesores. Nunca de todos. La unanimidad resultaba inexistente y la mayoría de votos parecía un concepto a cargo de las democracias. Y los talleres literarios, lo aprendí muy pronto, aparecían regidos por el absolutismo, eso sí, y ni quién lo dudara, sumamente ilustrado. En aquellos tiempos el maestro, como los pontífices de antaño, ejercía sin recato el principio de la infalibilidad. Pero no me quejo, todos lo sabíamos y, por las misma razones, así lo aceptábamos

Al término de cada sesión esperaba con ansia, miedo, y la diarrea concomitante, el fallo final que podía contradecir o ratificar el juicio de mis compañeros de taller. Siempre conminados, debo aclarar, a emitir sus opiniones antes que los asesores. La estrategia y metodología de análisis puso en claro un aspecto del fenómeno que enfrentaba: era ese ente llamado maestro y a quienes todos nos dirigíamos con un formal usted, quien dictaba la última palabra. La única que importaba y que me importaba… Lo que yo o mis pares opináramos valía únicamente en la medida que ratificara el juicio solemne y definitivo de alguno de los miembros de esa Trinidad que condenaba al infierno o al paraíso momentáneos. Los otros, mis compañeros, eran mis iguales y, por lo tanto, desconfiables para mí, como yo seguramente lo sería para ellos. Era después de las jornadas críticas cuando los más afines compartíamos con mayor soltura nuestras opiniones respecto a los compañeros ausentes, o la técnica magisterial de nuestros asesores: “Don Francisco Monterde nos enseña gramática, Juan Rulfo nos regaña y Salvador Elizondo comparte sus trucos”.

Fue esta primeriza experiencia la que me hizo escribir después en una novela que el aspirante a escritor debe contar con dos condiciones: la suficiente arrogancia como para pensar que tiene cosas importantes que escribir, y la suficiente humildad como para reconocer que sus textos merecen corrección. Lo intuí al principio y lo suscribo ahora con ligeros matices: nadie carente de arrogancia y de humildad debería ser miembro de un taller literario.

Valgan todas estas añejas referencias para conectarme con la trinidad que contextualiza el ejercicio de la enseñanza creativa: el coordinador, el alumno y el grupo al que ambos pertenecen. Anoto además que esta trinidad, como los mosqueteros, tiene cuatro aristas. Me refiero al contexto social como cuarto componente. Las escuelas de creación literaria aparecen fiscalizadas, determinadas o vigiladas por el mercado profesional y/o académico. Varios de los aquí presentes, compartimos nuestra experiencia ya sea amparados por una institución o al margen de ella. En otras palabras, extendemos títulos, diplomas o constancias de participación con los sellos y firman que los avalan. Esta situación, al tiempo que nos exige o excusa de obligaciones específicas, determinan los límites y alcances de la relación mentor-alumno. Ambas posibilidades, la académica y la no-académica, tienen ventajas y desventajas, aunque de ninguna manera, lo aclaro enfáticamente, relacionadas ni con la calidad ni la efectividad de la enseñanza. Son, únicamente, dos maneras de abordar el mismo fenómeno.

Existe una tercera posibilidad, como bien me lo hacen saber algunos de mis estudiantes descontentos con la calificación, mi estilo de coordinar o las obligaciones que juzgan ajenas al trabajo creativo: cualquiera puede aprender los trucos del oficio al margen de las instituciones. Y muchos, me incluyo, hemos aprendido lo suficiente en nuestros talleres literarios domésticos. ¿Quién no ha facilitado sus escritos al escrutinio de amigos? ¿O de su mamá, abuelita, cónyuge o novia en funciones? Precursoras de los talleres más o menos sistematizados fueron las Tertulias Literarias y las Veladas Culturales decimonónicas. Lo importante es destacar que siempre, o casi siempre, el escritor ha sometido sus escritos a terceros antes de ponerlos a disposición de la imprenta.

Me queda claro: las opiniones importan y son importantes. Y más aún si proceden de una fuente respetada y respetable. También resulta claro que el proto-escritor tiene el derecho y hasta la posibilidad de escoger y conformar su jurado dictaminador y, con ello, evitar exponerse a los deliquios, arbitrios o arbitrariedades de propios o extraños. En otras palabras, nadie obliga al futuro escritor a ingresar a una institución como la mía para convertirse en eso: escritora o escritor. No obstante, cuando el individuo adquiere la condición del alumno, tiene que someterse a normas, reglas y requisitos que cohíben y hasta coartan su libertad o pretensiones legítimas. Estos deberes, sean leves o severos, afectan y obligan por igual a los integrantes de esa entelequia llamada Escuela de Escritura Creativa, sean alumnos o mentores y quede esta inscrita dentro o fuera de las instituciones académicas.

No obstante, quiero tocar con mis reflexiones a los involucrados en la decisión de enseñar a través de la vía académicamente institucionalizada y a quienes acuden a la vía universitaria para enriquecer, encauzar y/o profesionalizar su futura actividad.

Conviene reflexionar acerca de cuál es la función de las Escuelas de Escritura Creativa. Para qué sirven y qué pretenden. ¿Las instancias universitarias forman escritores o simplemente cumplen su cometido con decirles que lo son? Ambas posibilidades conllevan riesgos, porque en el mundo real corresponderá a terceros avalar o descalificar el veredicto. Muchas serán las respuestas, mas la que verdaderamente importa es la que ofrezca cada uno de los encargados de impartir clases y coordinar talleres.

Hay buena y mala enseñanza. Buenas y malas escuelas y universidades. Algunas privilegian la formación integral, el conocimiento; otras buscan medir sus efectos solo en términos lucrativos. Todas las respuestas son legítimas y por lo tanto no las juzgo; pero me inclino y abogo por una basada en razones de peso para sostenerla.

No obstante, me queda claro que de las respuestas, cualesquiera que estas sean, derivará la consideración, perfil y especificidad de cuatro instancias insoslayables. 1) El profesor o como quiera llamársele a la entidad o figura que coordinará, conducirá o ejecutará la clase. 2) El alumno o como quiera denominarse a ese individuo cuya aspiración es escribir y acude a una universidad para lograrlo. 3) El grupo, ámbito en el que los dos primeros habrán de desenvolverse y 4) El contexto social que los determina a todos.

Cuatro instancias interrelacionadas que inciden al unísono y por separado en cada una de las restantes. Y esto es de suponerse, porque una vez que la dinámica social y las leyes del mercado consideran a la escritura creativa como una profesión, no podemos soslayar la consideración de cada una de ellas, a pesar de que nuestra libérrima voluntad creativa nos absuelva de todas o algunas de las aludidas.

 

 

Paso a comentar la primera instancia, el profesor.

 

¿Quién puede y debe asumir el reto? ¿Cuáles son los perfiles adecuados para ejercer el cargo a cabalidad? ¿Basta con que el aludido sepa leer y escribir para asumir la encomienda? Doy por sentado que esto ultimo no puede ser verdad. Sin embargo, conviene reflexionar acerca de las características ideales de quien habrá de asumir la tarea y comentar luego someramente lo que podría esperarse de tal persona.

Llamémoslo como lo llamemos (yo he utilizado por comodidad o pereza muchos aparentes sinónimos), el individuo a cargo adquiere las dimensiones de lo que en la academia se denomina profesor. No sólo porque coordina y decide los contenidos de su curso; sino porque pondera y califica. Es, aunque el grupo se coloque alrededor de una mesa redonda o cuadrada; o en sillas dispuestas en círculo, quien ocupará la cabecera, aunque esta no exista físicamente, porque sus obligaciones y derechos son únicos y particulares a pesar de lo que él o ella hayan decidido. Es, le guste o no, el centro de las miradas.

La experiencia me ha enseñado que no basta ser buen escritor para ser buen asesor, aunque esto sea viable a la inversa. Mas resulta importante el respeto más o menos generalizado a su trabajo como profesional de la escritura y, sobre todo, la confianza impuesta en sus alumnos de que asumirá su papel con responsable honestidad. No es posible coordinar una sesión, ni mucho menos plantear una razonada opinión crítica basada únicamente en el respeto y admiración por la obra literaria del profesor que la emita. Tampoco conviene imponer criterios ni de estilo ni temáticos, sino permitir al alumno ejercer y ejercitar sus propios intereses. Muchos magníficos escritores, y tal vez por eso lo son, están casados con sus temas y universo poético y estiman en mucho la adscripción de sus discípulos a dichos campos escriturales. Y no pocas veces sus apreciaciones críticas derivan de la pertenencia a dichos intereses. No se asumen como lectores humildes en espera de ser seducidos por el texto en cuestión, sino como catequizadores y evangelizadores en pro de un supuesto “deber-ser” literario.

En mi concepto, tampoco bastaría con ser un magnífico lector abierto y receptivo si no existe el aval de la experiencia creativa, porque mucho de su credibilidad como asesor deriva de su propia experiencia escritural en el género o géneros de su preferencia. Es el maestro en los términos que los gremios medievales le daban al encargado de enseñar el oficio que los distinguía. Sólo un buen panadero o carpintero o herrajero podía tener aprendices. No para copiar su sapiencia, sino para verse influidos por la manera de ejercerla en el oficio en el que habían destacado sus mentores. Y es su capacidad de compartir esa experiencia significada en los trucos, las intuiciones y los meditados atrevimientos lo que convierte a cualquier practicante del oficio en un buen maestro. Este conoce y reconoce la fortuna de hacer experimentar en cabeza ajena a sus aprendices; mas lo hace con la certeza de que la creación es una hidra de testas múltiples en las que todas tienen algo o mucho que aportar.

En nuestro caso, es necesario entonces un profesional con experiencia que además se entienda y asuma como asesor; jamás como un sargento mal encarado a cargo de reclutar incautos o indecisos para su gremio estilístico y/o temático. De haber podido hacerlo, yo hubiera buscado maestros cuyo trabajo respetara porque me resultaban afines por temas o estilos. En pocas palabras, porque descubriera afinidad y empatía entre su obra y aquella que yo aspirara a escribir. Esto no es posible en la mayoría de los casos; sobre todo en la academia, donde la plantilla de maestros y asesores está decidida de antemano.

Junto al asesor, están los libros y sobre todo sus libros. Su experiencia y técnica de lectura. La manera en cómo aprendió de sus autores fundamentales y lo que aprendió de ellos. Enseñar a leer es otra forma de enseñar a escribir; o, dicho de otra manera: leer, en multitud de ocasiones, equivale a reescribir los buenos libros y a enmendar los malos.

 

 

Segunda instancia, el alumno.

 

¿Cuál sería la mentalidad y ánimo ideales para integrarse a una clase de índole universitaria? A este respecto, me inclino por la selección basada en muestras específicas del talento y la información literaria producto de la lectura, provenga esta de la academia o de la iniciativa personal. Ideológicamente prefiero individuos con la suficiente arrogacia como para suponer que tienen algo que decir y con la suficiente humildad para entender que hay mucho que reescribir. El mayor peligro se concentra en quienes creen que el taller es sólo un espacio para el reconocimiento de un talento hasta entonces oculto o minimizado por el complot universal. La disposición para escuchar, y no para competir, es requisito indispensable en la interminable brega de quienes aspiran a merecer el calificativo de “escritores”.

 

 

Tercera instancia, el grupo.

 

Las tendencias y problemáticas individuales suelen potenciarse o disminuir con el grupo al que se integran. Y muchas veces este exacerba o reprime lo mejor y peor de cada uno de sus miembros. De ahí que hasta donde sea posible resulte conveniente integrar los grupos de acuerdo con ciertos principios de homogeneidad en términos de talento, aspiraciones, actitud y experiencia creativa. No obstante lo anterior, aparece con frecuencia la ocasión de enfrentar la soberbia de quien asume al grupo como un simple auditorio y a sus miembros como una corte dispuesta a rendir pleitesía a un talento que, habrá que reconocerlo, muchas veces puede ser real.

Paralelo a este riesgo surge el desafío de aliviar la timidez o el temor suicida de quien se disminuye ante la presión, al grado de reprimir su creatividad y capacidades críticas. El escenario no resulta tan sencillo como el que enfrenta quien enseña o coordina grupos relacionados con otras disciplinas y cuya evaluación deriva de criterios claros y objetivos. Nosotros coordinamos grupos integrados por individuos dispuestos a demostrar su talento creativo ante lectores profesionales cuyos dictámenes no siempre derivan de la objetividad, sino, a veces, de la generosa simpatía o de la represalia disfrazada de crítica.

 

 

Cuarta y última instancia, el contexto social.

 

Compuesto, entre otras múltiples variantes, por el canon literario tradicional, los gustos de lectura imperantes, la corrección o in-corrección política, el mercado, la problemática editorial y comercial y etcéteras similares. Recordemos que en el caso que nos ocupa, la universidad impone el escenario y obliga, si no a definir, al menos a considerar seriamente el producto literario que buscamos, promovemos y, en su momento, colocamos a disposición del mercado. Nos enfrentamos a la opción de la fama del bestseller en oposición al prestigio y calidad literarios, aunque aceptemos de antemano que a veces ambos coinciden y por lo tanto subyugan con el canto sirénico de las cajas registradoras. Nos movemos dentro de un contexto social y mercantil exigente, pero también universitario. Nuestro ámbito es académico y como tal afectado por ciertas obligaciones y determinantes. Una de ellas, tal vez la más apremiante, deriva de que la universidad debe responder con un título universitario cuya solvencia queda garantizada por la institución que lo otorga. Este título resulta consecuencia del desarrollo y posterior aprobación de una serie de cursos sujeta a evaluación por un profesorado calificado para hacerlo. De esta obligación insoslayable se desprende una sarta de preguntas. Formulo apenas algunas: ¿los asesores evaluamos el talento, el esfuerzo, el aprendizaje individual, la disciplina y el producto escritural? Y de ser cierta cualquiera de estas posibilidades, ¿cómo evaluamos? ¿Valen acaso las curvas pedagógicas, los exámenes en batería, las tareas extra-curriculares o mucho de lo que la pedagogía pone a disposición del profesor? ¿Es pertinente enterar al alumno de las variables que el profesor aplicará en la evaluación de su trabajo? ¿Conviene que el profesor sea o pueda o deba ser el único que decida y asiente una calificación? ¿Resulta apropiado en este caso la participación de los miembros del grupo o de profesores adscritos a disciplinas y territorios afines? ¿El diez, o la A, final implica la seguridad de la eficiencia? Y si esto es así, ¿el cero asignado significa la corroboración de que el calificado debió haber estudiado futbol?

El contexto social impone también una respuesta satisfactoria a una pregunta obligada: ¿de qué egreso, para qué sirvo? ¿Soy profesor de literatura, escritor o ambas cosas a la vez? ¿Cómo va a verme esa sociedad a la que me integro? En otras palabras, ¿cómo voy a instalarme en la sociedad, o lo que viene a ser lo mismo, en el mercado de trabajo?

En Estados Unidos las universidades expiden un titulo de Master in Fines Arts que parece mucho o nada al mismo tiempo. Aquí el título y la disciplina tienen muchos años de existencia y el tiempo y la veteranía han contribuido a cimentar el rango o a desviar la pregunta. Pero en México, y me atrevería a decir que en muchos países de habla castellana, impera otra situación. Por lo que a mí respecta, sigo topándome, inclusive aquí y ahora mismo, con la sonrisa maliciosa, dubitativa o sentenciosa de quienes me preguntaron y siguen preguntando, acerca del perfil, oficio y porvenir del individuo que contribuyo a formar.

 

 

Los retos del futuro.

 

Acepté la generosa y amable invitación del Dr. José de Piérola para leer estas páginas, porque me brinda la posibilidad de convertir una conferencia en algo que no lo sea. Más que una cátedra, intento una charla entre amigos y colegas, y que como toda buena charla (y espero que esta lo sea), pueda prolongarse más allá del tiempo concedido y en espacios más acogedores y propicios. Sólo así puedo, sin sonrojos, hablar y aludir a mi experiencia en el oficio de inducir, estimular y entusiasmar como yo, hace muchos años, fui inducido, estimulado, entusiasmado por los libros, los amigos, los maestros y la circunstancia histórica que nos reunió a todos alrededor, y al amparo de la literatura.

Mi oficio es ayudar a escribir. Creo que la relación establecida con quienes acuden a la universidad para concretar sus aspiraciones como escritores, está basada en la certidumbre de que tal relación implica el enriquecimiento intelectual en ambos sentidos. Como mentor no busco la sumisa aceptación de mis opiniones, sino la seguridad en la conveniencia de la reescritura. No intento la imposición arbitraria disfrazada de sugerencia, sino la certidumbre compartida de que el maestro puede tener razón, pero también puede estar equivocado. Por ello parto del principio de que en mis cursos todos tenemos derecho a la opinión; pero no a la razón absoluta.

Aprecio y a veces me vanaglorio de mi capacidad para descubrir el talento ajeno. El título de escritor no deriva de una declaración unilateral, sino de un consenso de lectores por amplio o reducido que pueda ser. Más que la escritura, estimulo la rescritura y veo en ella el resultado de la autocrítica. Quien se autocuestiona, aprende a valorar la crítica de terceros y, lo que resulta mejor, decanta la capacidad de aprender de ella.

Pulir el talento, encauzarlo, cuestionarlo y hasta enriquecerlo, es gozo, preocupación; pero también espanto permanente. Espanto porque siempre destella el peligro de reprimir y hasta asesinar un talento en ciernes, sea este un Rimbaud en potencia o un futuro Stephen King, sólo porque escapa a mi intuición o sensibilidad, o no se ajusta a mis parámetros de calidad o, inclusive, porque me aterran sus alcances y posibilidades comerciales.

Escribimos y enseñamos coptados, atenazados, impelidos y entusiasmados por el tiempo histórico que habitamos. Nadie, para bien o para mal, escribe en o desde el no-tiempo o la no-historia. Nadie, tampoco, lee o comparte su experiencia profesional al margen de esta circunstancia a la vez imperiosa y determinante. No obstante, o tal vez precisamente por eso, me interesa activar el entusiasmo por escribir y leer la buena literatura; esa, la que deriva de los clásicos o conforma lo que los cultos llaman canon y que fue construido por inteligencias superiores a la mía. Me frustra y empobrece como promotor literario no entusiasmar con mis entusiasmos, y será esta total incapacidad la que fije la fecha de jubilación, que no de retiro.

No nací para perder, porque he ganado algunas batallas; mas sí para leer. Y eso, la lectura insistente, reiterada y reiterativa, configura mi ser como humano y mi identidad como escritor.

 

Luis Arturo Ramos. Nació en Minatitlán, Veracruz, el 9 de noviembre de 1947. Narrador y ensayista. Estudió letras españolas en la Universidad Veracruzana. Ha sido maestro de la UNAM y la Universidad de Texas en El Paso; director de la colección Cuadernos del Caballo Verde; director de publicaciones de la UV; director de La Palabra y El Hombre.  Becario del CME, 1972; del INBA, en narrativa, 1976. Premio Nacional de Narrativa Colima para Obra Publicada 1980 por Violeta–Perú. Premio Nacional de Narrativa Colima para Obra Publicada 1988 por Éste era un gato. Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 1989 por Melomanías: la ritualización del universo. Una lectura de la obra de Juan Vicente Melo.

Sus últimos libros publicados son, en cuento: Rainbows at seven eleven, CONACULTA/Aldus, La Centena, Narrativa, 2004. En novela: Los argentinos no existen, Eón, 2005; Ricochet o los derechos de autor, Cal y Arena, 2007; Mickey y sus amigos, Cal y Arena, 2010; Cartas para Julia,  Instituto Literario de Veracruz, 2013;  De puño y letra, Cal y Arena, 2015. En Crónica: Desde las orillas. Crónicas a destiempo, UNAL, 2017.

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