Cuentigotas de hiel: Víctor Chi

 

Porque no todos los chiquillos

en esta sucursal del infierno, llamado México,

 tienen un feliz día del niño…

 

LA ENFERMEDAD

Y decían que el niño estaba enfermo…

Gravemente enfermo… Desahuciado… Moribundo… Sin remedio…

Su grave enfermedad, se llamaba: HAMBRE…

 

PARTIDA DOBLE

–           ¡Feliz día del niño y la niña!…

Dijeron las promotoras del DIF a aquella madre dándole dos juguetes, uno para el hijo que llevaba en su vientre y, el otro, para ella…

GENEROSIDAD

Y los niños, amparados en la oscuridad de aquel jardín del puerto, estiraron sus manitas para recibir unas monedas del generoso “turista gringo”…

Contentos, aquellos rapaces se perdieron entre los callejones, mientras que el “generoso gringo”, sonriendo, se subía la bragueta del pantalón…

AL CABO QUE NI QUERÍAMOS

  • A mí ni me gusta el chocolate, dicen que es malo..
  • Si, a mí tampoco me gusta, dicen que engorda y saca granos…
  • Una niña se murió bien podrida por dentro de comer tantos chocolates de esos caros…
  • Por eso mejor no comerlos… ¡Qué bueno que ni nos gustan!…

Así dijeron desde su trono de banqueta aquellos dos niños despeinados, sin zapatos, de y de pantalones raídos y rotos mientras miraban como aquellos alumnos de colegio privado, el de mayor prestigio de la ciudad, degustaban un paquete de chocolates de “Los azulejos”, los más caros y sabrosos de todo México…

Por eso a mí, tampoco me gusta la carne, dicen que es mala…

DORMIDO

Y todas las noches, el niño fingía quedarse dormido en el sofá de la sala para que, su papá, lo llevara entre sus brazos a la cama…

Y así sucedía, invariablemente, cada una de las noches…

Y toda esta pequeña historia no tendría nada de extraordinaria, si no fuera porque, el papá, hacía tres años que había muerto…

EL REGALO

Y ese seis de enero, a aquel niño, por fin, y después de más de 12 años de existencia, los reyes magos, le llevaron un bonito, nuevo y reluciente regalo: un flamante balón de fútbol oficial de la “Champion League”…

Y todo, todo, resultaría muy bonito, si, aquel joven rapaz, no fuera un niño con discapacidad que, en un accidente, había perdido las dos piernas…

A ELLOS SÍ

Hincado, a punto de mal dormir una noche más en la ciudad de la desesperanza, aquel niño de la calle, juntando sus manitas, pedía fervorosamente mirando al cielo:

–           Y deseo ya no ser un niño… Yo quiero despertar mañana y ser un perrito callejero, porque al menos, a ellos, la gente los mira con lástima y les da de comer y los acaricia con cariño. Al menos, a ellos, sí…

Y esperando con enorme fe que, Dios o el Diablo le cumplieran aquel deseo, esperanzado, entre su cama de periódicos sucios, se acostó a dormir…

DORMIDO

Panzas pá arriba, mirando el techo de la sala, le pregunto a mi pequeño hijo:

  • ¿Y tú, por qué crees que hay tantas desgracias en este mundo, hijo?…

Él, suspirando, pensando su respuesta, me contesta:

  • Porque a veces Dios se duerme y, entonces, el mal aprovecha y se despierta… Por eso…

Así respondió el motivo más grande de mi vida…

Él, tal vez no lo sepa, pero tiene razón, a veces, Dios se toma pequeñas y trágicas siestas, como en este país, en el que lleva ya, mucho, mucho tiempo dormido…

SOLUCIÓN

Alguna vez, cuando su pequeño hijo de tres años le temía a los “monstruos de la oscuridad”, él, su padre, amoroso y comprensivo, queriendo abrigar su corazón, le “preparo” una “loción espanta monstruos” que, el pequeño, debía rociar en la puerta de su cuarto y debajo de su cama antes de ir a dormir, así, los monstruos, no serían capaces de enfrentarlo…

Así paso. Y así, el niño venció el miedo a la oscuridad…

Hoy, han pasado dos años, al padre de aquel niño, lo persiguen los monstruos de la intolerancia y la maldad, monstruos horrendos y gigantescos que quieren su corazón, su alma y su cabeza….

Hoy, el niño ha descubierto llorando a su padre, le ha preguntado inocentemente el porqué de las lágrimas, el papá, amoroso aun en esos momentos álgidos y angustiantes, le ha dicho al niño que llora porque teme que los monstruos entren a la casa a llevárselo, para siempre…

El niño, dándole un beso tierno en la mejilla, se metió corriendo a su cuarto, hurgo entre sus “tesoros” y regreso donde su padre, a quien, tomándolo de la mano, dijo:

–           Aquí está, no llores… con esta “loción espanta monstruos”, ellos, no vendrán por ti… Yo te cuido papá…

Su padre, más anegado en llanto que antes, abrazo a su hijo de la manera más amorosa del mundo y, juntos, rociaron la loción mágica en la puerta y debajo de las camas de su hogar…

Aun, había esperanza…

Sobre el autor:

Víctor Chi (Yucatán, 1979).

Narrador oral, tallerista, promotor cultural comunitario, mediador de lectura, activista social y colaborador de la secretaria de cultura del estado de Colima.

Es Yucateco de nacimiento, Campechano de crecencia, Colimense de corazón, Nicaragüense por amor y orgullosamente corren por sus venas la sabia y milenaria sangre Maya…

Escribe minificciones, cuentos cortos y recopila leyendas y saberes comunitarios.

Ha escrito en periódicos regionales, tiene tres libros de tradición oral y ocho de minificciones en una colección cartonera titulada: “Cuentigotas”.

Sus textos aparecen en múltiples revistas electrónicas, libros escolares y antologías sobre el tema.

Ha participado en múltiples encuentros de escritores y de narración oral, tanto nacionales como internacionales.

Creció entre rituales mayas milenarios y la pobreza histórica de los pueblos indígenas, se nutrió de las voces y palabras de los abuelos y caminos del Mayab, de los barrios, pueblos y  ciudades por las que las aventuras, alegrías y desgracias de la vida y las luchas sociales le han llevado; Y es de ahí precisamente, de donde nacen los temas y motivos de sus escritos, de este surrealista y paranoico México nuestro que, hoy, más que nunca, pareciera caerse a pedazos y que nos sigue regalando día a día, más historias tristes, furibundas, fantásticas, colmadas de fatalidad, pero que, en su trasfondo, aún conservan un dejo de esperanza mórbida…

A pesar de todo lo vivido y escrito, cree que, aun en lo más sórdido del México actual, podemos encontrar, todavía, una chispita de esperanza…

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