MANUEL BECERRA: La escritura de los animales distintos

Bob Flanagan and Sheree Rose, Implements of Love, 1981/2011

 

Que la poesía era el más sencillo y el más peligroso de los menesteres, lo dijo Hölderlin. Un acto de escritura como el de Manuel Becerra lo hace perceptible. Hay una atmósfera de extrañeza que nos desplaza de la seducción al adentramiento y así da paso a una realidad extraordinaria, construida de oralidad y pensamiento, de afirmaciones de lo humano y, a la vez, de una autorreflexividad aguda y luminosa. Su mayor hallazgo es su propia reescritura.

VISITA A LA CASA DE LOS FLANAGAN 

1. Canción de la fibrosis quística

 

Veamos. Bob es mi nombre artístico. Soy sadomasoquista como El profeta. Usted me pregunta por mi oficio. Trabajo para ser un héroe griego de este tiempo. A veces lleno mi torso de aceite como los mineros, me cuelgo de cabeza y me dejo levantar por clavos atados a los omóplatos. Una multitud de niños me miran desde el pecho de los hombres de la galería. Es divertido estar muerto, les digo, y la gente ovaciona de pie. Imagino, por momentos, que estoy ebrio, flotando en un río sagrado bajo una luna despiadada. La vida es un buen negocio. La gente paga por verme agonizar en cada acto nuevo. Bob, canta la Canción de la fibrosis quística, me solicitan. Quizá mi destino apuntala a que termine mis días en una gran performance: el acto memorable que consiste en clavarme el pene sobre una tabla de madera. Tengamos en cuenta que mi oficio es algo, quizá, fuera de lo común, aunque la cuestión radica en un motivo medular: concebir una iluminación en el ser humano, una chispa. Es decir, hace falta solamente una chispa, lánguida, tímida para detonar el infierno que a cada quien nos fue concedido. El infierno propio. Me refiero a ese que aparece en el cuerpo que se atenaza. Después de confrontarnos por medio del dolor uno consigue salir, contrario a lo que se piensa, más fortalecido.

Le repito, es divertido estar muerto.

 

3. Hablemos de las nebulosas

 

Ahora bien, hablemos de la mutilación del cuerpo y del desprendimiento espiritual.

El desamor en todo caso es una forma de automutilación, pero no es un suceso que depende de un acto consciente. Es decir, quien nos ha dejado el alma en un hilo, no ejerce sobre nosotros a voluntad ninguna profesión, digamos, sadomasoquista. El desprendimiento de una persona de otra, por más arraigada que haya estado en el pobre corazón de los hombres, tiene una enseñanza y ni siquiera esta enseñanza es hecha a consciencia por la persona que causa el daño. No actúa como recordatorio, por ejemplo, como sucede con el miembro amputado; no es un dolor fantasma. Cada muñón cortado recuerda que también tenía la capacidad de sentir y de dolerse, aunque ya no esté ni tenga fecha de regreso jamás. Todo depende de qué tan grande sea su percepción. Piense, dado el caso, en un témpano de hielo que se libera y se va lentamente por la superficie del mar. La sola imagen es luminosa. Pareciera que esos grandes desprendimientos se realizan para que transcurra una evolución estética en todo aquel que lo presencia. Así con el dolor. Con cada cosa que se autodestruye o simplemente se destruye pasa eso. Todos los hombres tienen su derecho a la inmortalidad. Todos tienen acceso a ella, pero antes es necesario que tengan conocimiento de ello. Quienes no lo saben, están expuestos a perderlo. Lo pierden. En la belleza —con la autodestrucción como en muchas cosas naturales— es posible a veces encontrar una puerta a la eternidad. El cisne cuando va a morir lanza su baladilla más asombrosa. La ballena que se tiende a morir sobre la arena, es hermosa aún mientras se pudre a los ojos de los turistas. Las estrellas cuando implotan generan esos monstruosos agujeros que devoran incluso la luz. En sus mejores momentos de autoeliminación nacen las nebulosas. Usted y yo conocemos a personas que con su aniquilación logran la belleza que en vida tuvieron jamás. Nos asombra porque ellos ya tienen un paso adelante de nosotros y nadie ha vuelto para decirnos cómo es adonde han ido. Pero piense en las nebulosas. No miento. No hay mejor ejemplo que ello. Imagínelas.

Piense en ellas.

 

TEORÍA DEL SAPO

El sapo es un círculo; un sol hacia dentro

Leopoldo María Panero

(a)

—Estoy en una balsa y hay un guía, pero el guía se ha perdido y se ha hecho de noche y el bosque despierta con el coro tenebroso de los sapos. La flor del día se cierra pudorosa. Atamos la balsa a una orilla y caminamos por el río. Mientras más me interno en el bosque, me encamino más hacia mí. No hay guarida para cada animal del cual provengo. No hay nada. Sólo el sapo en la piedra que luce su existencia como un revés para el cisne—.

 

(c)

Pero Hegel en su Poética se detuvo en el sapo. El único de los anfibios que a la luz del día desarrolló la fealdad que a los peces del abismo les costó el abismo propio. El sapo no tiene un creador visible. Su fauna embrujada sin cazadores naturales se extinguiría y con ellos también una cadena de alimento si no es por el pescador que, más allá de su locura y supervivencia, los caza por equivocación y por la serpiente que es ciega y todo lo devora piadosa.

 

(d)

Yo conocí la fiebre a los cinco años cuando el mercurio dudaba entre los 40 grados y los 39 a la sombra del cuerpo. Sentía mis manos expuestas a una lluvia finísima de breves agujas hipodérmicas sobre las falanges, pero en las malas horas me imaginaba a diminutos sapos retozando decididos a ir desde mis manos hacia el pecho. La imagen, recuerdo, llegaba por la pestilencia y terminaba por completarse con la lubricidad de sus cuerpos imposibles de atrapar.

 

(f)

Los alumnos castigados de las escrituras: sin pies, con el vientre andarás sobre la tierra. Serás un pez de vida fácil tanto en los azolves como en los lavaderos desteñidos. Nacerás sin rencor en el agua estancada y mirarás con gesticulación idéntica la pradera desde la boca de la víbora como desde el plato de los chinos. La fruta será para los soberbios; tú cuidarás las raíces. Para ti la fruta antes de pudrirse que cae al suelo, la noche de los roedores, la muerte por hastío de las madrigueras.

 

De La escritura de los animales distintos.

 

MANUEL BECERRA SALAZAR

Ciudad de México, 1983, poeta. Autor de Cantata Castrati (Colibrí, 2004); Los alumbrados (Estado de México, 2008); Canciones para adolescentes fumando en el claro del bosque (UAZ, 2011); Instrucciones para matar un caballo (UANL/Conaculta, 2013) y La escritura de las animales distintos (2015). Ha recibido los premios nacionales de poesía Enrique González Rojo Arthur, 2008; Ramón López Velarde, 2011; José Francisco Conde, 2013 y Enriqueta Ochoa, 2014. Recibió la beca para formación de jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas durante el periodo 2009-2010 y ha colaborado para varias revistas de México y el extranjero.

  

 

 

 

 

 

 

 

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