Iro mo ka mo: tres poemas de Ito Naga

Imagen: Toko Shinoda

 

“Es hermoso el vapor”, dijo frente a un tazón de té verde.

¿Es el propio vapor o la fluidez de sus movimientos lo que la deleita?

Ella recuerda aquellos de las aguas termales del sur de Japón. Subían directamente hacia el cielo azul y frío del invierno.

Cada capa de vapor que se eleva podría revelar un secreto, pero en seguida viene otra a ocultarlo:

También le gusta agitar suavemente su taza de té para ver las hojas girar.

Y observarlas como las algas al fondo del agua, profundidades marinas en miniatura.

 

*

 

El otro día todo era lento en el bosque: una oruga peluda que avanzaba muy suavemente, un escarabajo pelotero que forcejeaba con debilidad, una babosa casi detenida… Salvo el paso del tren a lo lejos.

Una voz de niña surgió de repente: “¿Dónde está? Quiero aplastarla.”

“Cuando miré mi mano, la falena que creí haber atrapado se había desvanecido”, se cuenta en la historia de Genji. “O bien, mis dedos no la tuvieron jamás”.

Imposible recordar aquella palabra, pero al ver uno al borde del camino, de pronto ha venido a mi mente: élitro.

Al volverme frente a la alameda vacía en medio de los árboles, un vértigo se apoderó de mí como si hubiera nadado una larga distancia en el mar.

Un instante al borde del mundo.

El canto de un cuco me ha puesto en marcha.

Y recordado el delicioso contacto con el suelo.

Intento recrear esa sensación de vértigo para describirla, pero el momento de mayor intensidad permanece inaccesible.

De repente mi cabeza se siente pesada. Quizá lo intentaré de nuevo ahora mismo.

Debo caminar. Para convencerme de que no me equivoco, debo caminar aún más.

Como si el cuerpo en marcha arrastrara al pensamiento. Aquí un hueco, allá un camino despejado.

 

*

 

Cinco de la mañana en el campo: ella escucha las cigarras higurashi. ¿Por qué se ponen a cantar a esta hora tan tranquila justo antes del amanecer?

Le parece que, de pronto, la naturaleza invadió su habitación.

Como en ese haiku donde el verde del verano entra precipitadamente en el salón al momento de clarear. Un impulso atmosférico.

Pero no como esos dedos de luz que llegan del oeste a última hora de la tarde.

No hay sólo una clase de cigarras (zemi), hay al menos cinco: abura zemi, min-min zemi, kuma zemi, tsuku-tsuku-uisu zemi, higurashi zemi. Y cada una tiene un canto particular: min-min-minmin-minminminminmin, tsuku-tsuku-uisu-tsuku-tsuku-uisu-uisu-uisu

Las cigarras higurashi hacen un sonido agudo como el de una sierra.

Curiosamente, a menudo las oímos en lugares solitarios.

Los lugares solitarios no lo son.

En Japón,  los mensajes son frecuentemente transportados por insectos (mushi).

Por ejemplo, un mal presagio (mushi no shirase) o un ruido del estómago cuando se tiene hambre (o naka no mushi ga naiteru).

Como insectos sobre las flores, esos hombres ceñidos a las muchachas.

Ella sentía repulsión por los insectos, pero después de haber leído El libro de cabecera (Makura no soshi) de Sei Shonagon, comenzó a querer a todas esas mariposas que, de noche, vienen a golpear su ventana.

¡Cómo ha disfrutado andar por la brisa del verano con las cigarras! Min-min-min-min-minminminmin

Como si se fundiera en la naturaleza con esas cigarras tan alegres, a pesar de que viven sólo el tiempo de un verano, después de haber pasado años bajo tierra.

Esta pequeña oruga verde pasó una semana en el refrigerador escondida en un brócoli. Está completamente entumecida.

“¡Kawaii (qué monada)!”. Los japoneses tienen una simpatía infinita por las cosas pequeñas.

Cuando hablan en francés, ellos no dicen “un poco” sino “un poquito”.

 

ITO NAGA

Astrofísico francés nacido en 1957. Ha publicado Je sais e Iro mo ka mo, la couleur et le perfume bajo el sello editorial Cheyne Éditeur. Ito Naga es su seudónimo.

Imagen de Toko Shinoda

Traducciones de Daniela Camacho

 

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