Caracol Azul y los ladrones de tumbas.

Cuando vi en el Facebook la convocatoria a los jóvenes escritores yucatecos por parte de la revista Caracol Azul este marzo de 2017, quedé atónito. Una tumba había sido profanada, habían sacado al muerto de su sepulcro, y lleno de tierra, barro, huesos y quizá algún pedazo de carne seca, estaba en proceso de resurrección, como los muertos vivientes del Cementerio Micmac de Stephen King. Para mi asombro, Alejandro Ojeda Pech reaparecía como un ladrón de tumbas, y había irrumpido en el cementerio de los proyectos fallidos a mitad de la noche.

 

La perplejidad se transformó en enojo palpitante al ver que este señor iba en serio con un nuevo Caracol Azul, una revista que en Cancún fue creada a inicios de 2014 con el loable objetivo de reclutar talentos literarios y artísticos de nivel preparatoria y universidad para condensarlos en una revista mensual. La revista tendría portadas a cargo de pintores o ilustradores locales (algunos importantes) y los jóvenes dispondrían de un medio de expresión sin pretensiones, y con la ilusión de ver publicados sus trabajos, con distribución en centros educativos. La alta literatura no era requerida, y se iban a formar posibles talentos, que de verdad —fui testigo al leerlos— comenzaban a surgir.

 

Supe del proyecto y me pareció interesante la propuesta. Hablé con Ojeda cuando ya había publicado y presentado el número 1, con una flamante portada a cargo de León Alva, amigo suyo (aunque creo que hoy ya no como veremos más adelante). La revista mostraba en su portada una cuota de recuperación de $15 y sus interiores eran lamentables. Pero Alejandro parecía un tipo sobrio y visionario; yucateco de arraigo en Cancún, con buenos amigos en la biblioteca pública Enrique Barocio y con toda la intención de volcar sus inversiones en la literatura, una de sus «grandes pasiones». Se presentó como un empresario exitoso, y tenía «cuantiosos ahorros» que le habían permitido comprar todo un «set» para editar una revista (ojo con esto más adelante): impresoras, hojas, pegamento, y espacio en su domicilio para armar un pequeño taller (que a la postre nunca llegué a ver). Me ofreció el puesto de director editorial, y cabe decir, iba con tiento, pues la experiencia me hacía cauto con este tipo de proyectos culturales, más en Cancún, que no suelen durar por lo general.

 

Me embarqué de lleno en el proyecto, y el siguiente paso fue presentar a un par de jóvenes con sus publicaciones a cargo de la Editorial Caracol Azul, un libro de poesía (de Daniel Mejía) y una novela de una joven booktuber. Lamentablemente los libros ya estaban hechos y no pude editarlos personalmente; Ojeda los había publicado sin cuidados editoriales mínimos: en el caso de la novela casi fue un copy/paste, sin correcciones gramaticales u ortográficas, cosa que hablamos y fui incisivo en que no se podía publicar sin antes hacer estos procesos, a lo que accedió y se paró de momento la producción de libros, ya que básicamente éramos él y yo diseñando los números de la revista, con apoyo de Daniel para ciertas tareas, como hablar con los chavos que se iban reclutando.

 

Quedamos en que Ojeda Pech se encargaría de la parte financiera y conseguir patrocinios, ya que él desde el principio se había autodenominado empresario y mercadólogo exitoso, y yo me abocaría al diseño editorial de la revista, cuyo número 2 estaba por salir y lo hice a marchas forzadas aunque con mucho ánimo, pues ya estaba concertada la aparición de escritores y artistas, además, por una razón que al principio vi «curiosa»: él no dejaba que nadie lo ayudase en la impresión y pegado. El número 2 se presentó en la biblioteca Enrique Barocio, invité a amigos de la cultura incluyendo al director de Bachilleres Cancún II, quien se había entusiasmado con el proyecto. A la presentación fue hasta la abuela de Ojeda, para no ir más lejos, por lo que mi confianza creció bastante y me relajé un poco. Poco después se hizo una presentación de lujo en un conocido hotel de la zona hotelera de Cancún y los muchachos estaban muy contentos e ilusionados con la revista, tenían un medio para expresarse, la gente los escuchaba y todo parecía ir viento en popa.

 

Ojeda insistía en publicar libros. De hecho, cuando entré ya se había autopublicado uno que no vi con buenos ojos, pues relegaba el espíritu del proyecto (es más, jamás tuve contemplado publicar nada mío bajo el sello de Caracol Azul a excepción de la sección editorial en la revista, por este objetivo de dejar paso a los muchachos). Propuso un sistema de tandas a los jóvenes para que pudieran pagarse sus ediciones (había otros libros en puerta y me encargaría de su edición) y si mal no recuerdo, les pedía 50 pesos quincenales como fondo para sus publicaciones. Hacíamos reuniones en el parque del DIF y en la misma biblioteca y Ojeda llegó a hacer algunas recolecciones de dinero, sí, ese mismo gran empresario exitoso hacía tandas con jóvenes emocionados por publicar sus letras. Aclaro que nunca toqué ese dinero.

Le insistí a Alejandro que me permitiera ayudarlo en la elaboración física de la revista, a lo que siempre se negó. Sin embargo se quejaba por quedarse a las tantas de la madrugada o de plano no dormía por imprimir y pegar los ejemplares. Aquí empecé a ver cosas raras, pero estaba muy metido en la edición de la revista, ya que repito, éramos solo él y yo y el proyecto estaba «en pleno proceso de expansión», y como dije, la confianza había crecido con las presentaciones y el trabajo en equipo. Incluso ya se planeaban talleres que yo impartiría, cosa que no pasó.

 

Entonces lo que sí pasó fue que, un buen día, Alejandro Ojeda Pech desapareció de la faz de la tierra. A la par, dio de baja su perfil personal y la página de Facebook de Caracol Azul y mis llamadas y mensajes jamás fueron respondidos. Pasó una semana y algunos acreedores aparecieron y me quisieron amenazar, ya que fungía como director editorial. El caso es que también teníamos pendiente el registro de la revista, que a él parecía que no importarle mucho y también le insistí que formáramos una asociación para evitar este tipo de asuntos. Artistas de las portadas llamaron muy enojados porque le habían regalado sus pinturas originales y las querían de vuelta, viendo la poca fiabilidad de Alejandro. Tras cientos de intentos, a duras penas pude contactarme con su esposa, que sabía tanto como yo de él.

 

A las dos semanas, al fin pude comunicarme con Alejandro. Me dijo que tenía problemas con sus negocios de millones de pesos y tenía varado un embarque de una patente (un purificador de agua para tinacos o algo parecido) que había desarrollado, y estaba perdiendo mucho dinero, en fin, cuentos chinos. Fui tajante en comentarle que lo estábamos esperando, que los chavos lo estaban esperando y se estaban poniendo nerviosos. Dijo que en breve regresaría a Cancún para continuar con la producción del número 3 y que por favor lo esperáramos, porque Caracol «seguía porque seguía».

 

Daniel Mejía y yo nos encargamos de mantener vivo Caracol Azul esas semanas de incertidumbre: concerté pláticas en Bachilleres II, donde el director amablemente dispuso la explanada completa para la presentación de la revista, me moví con Daniel para que presentara su poesía en varios medios de comunicación. Hubo una plática más en la UNID.

 

Ojeda seguía sin aparecer, y ya desesperado me apersoné en su domicilio por enésima vez. Por fortuna o casualidad me recibió su titubeante esposa, que al final me contó algo que cayó como agua helada: las máquinas de impresión, pegado y corte que tanto había presumido Ojeda Pech para hacer la revista eran rentadas, ya las había tenido que devolver por no cubrir las cuotas o algo así, y Caracol se había quedado sin formato físico. Su esposa me dijo que Alejandro seguía en Mérida «arreglando asuntos» que ni ella misma sabía, por lo que en mi cabeza se iba gestando lo peor: este tipo era un estafador, un embaucador, o algo peor.

 

Les comuniqué a los chavos de Caracol lo que sucedía, y su desasosiego fue evidente. Me comprometí a continuar con la revista hasta donde mis medios lo permitieran, al menos en formato digital, puesto que yo había hecho compromisos para la portada 3 con una pintora y varios ilustradores.

 

No recuerdo si pasaron dos o tres semanas, pero Alejandro apareció. Tampoco recuerdo si él me llamó o yo lo hice, es lo de menos. Lo cité casi a la fuerza en la biblioteca pública para saber qué iba a pasar con su proyecto, porque recordemos, él lo había creado, él había juntado a esos muchachos y realmente lo seguían a él, yo era prácticamente nuevo y hacía malabares para que no decayera el ánimo. Se sacó de la manga las mismas historias de Wall Street y al fin aceptó derrotado que la revista no podría continuar. «Entonces, Alejandro», le dije, «habla con los muchachos, despídete, que están tristes y preocupados, tú les vendiste la ilusión de publicar, y hoy de la nada te sales. Al menos ten ese gesto para con ellos». Quedó en que sí lo haría tal fecha, y cité en la biblioteca pública a todo el grupo de escritores e ilustradores, que para ese entonces casi llegaban a la veintena. Alejandro Ojeda Pech no apareció, y ya no me sorprendió. Bueno, sí me sorprendió la mucha cara que tenía para dejar tirados a los jóvenes y al proyecto tan bueno que se vislumbraba.

 

Me inundó la rabia y la frustración, porque no podía sostener de aire un proyecto que tampoco había creado y que Alejandro ya había desprestigiado con sus actos. Intenté buscar patrocinios con Daniel sin éxito, porque el desánimo de los muchachos se evidenció y el proyecto entró en coma para después dar el estertor final.

 

Las exequias de Caracol Azul se dieron con la publicación del número 3, digital e íntegramente hecho por un servidor, y como ceremonia fúnebre quedó bien, aunque fui yo quien tuvo que dar la última paletada de tierra. Me despedí de los chavos como Caracol Azul, pero como Mauro Barea tenían mi apoyo para lo que necesitaran en la literatura. De hecho, dos o tres chicos me siguieron mandando sus textos para que se los corrigiera y les diese consejos, y hasta la fecha me hablan ocasionalmente. A Daniel le recomendaba gente para que enviara sus trabajos, porque su talento en la poesía era evidente y me gusta impulsar a quienes tienen ese don, pero creo que pasó de mí y la relación se diluyó junto con su poesía y el tiempo. Otra de las grandes impresiones que me provocó la resurrección de este muerto llamado Caracol Azul es que precisamente Daniel hoy funja como segundo de Ojeda Pech, de acuerdo a fuentes de Marcapiel. Es simplemente alucinante. A pesar de su gran talento, un talento que no necesitaría de un tramposo estafador como Ojeda Pech, demuestra el poco criterio para con el trato hacia la gente, trato y engaños que él mismo recibió y del que supo en primera línea cómo se desarrollaron los acontecimientos y nuestro peregrinar aquellas últimas semanas. Con esto demuestra —para mi desasosiego— el poco respeto para con los muertos que deberían seguir en el sueño eterno.

 

Lamento que se revivan cadáveres. Este cadáver descansaba en paz en su sepulcro, pero hoy los ladrones de tumbas se empeñan en conectarlo a una vida que no puede ser. Escribo esto porque no puedo permitir que se metan así con los sueños e ilusiones de quienes quieren escribir, y no pienso permitir un deja vu en mi cara, ahora en Yucatán. Desde aquí insto a los jóvenes a que estén alertas no solo con tipos como Alejandro Ojeda Pech y Caracol Azul Yucatán (tuvo el descaro de poner el logo y todo igual, increíble) sino a este tipo de proyectos truculentos y opacos, que abundan y usan la literatura para mercar con las jóvenes ilusiones, algo con lo que coincido con Rubén Naíl de Marcapiel, es imperdonable.

Mauro Barea

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3 Comentarios

  1. Con razón, al tener contacto con él, no me dio buena espina. Es un tipo prepotente y con aires de grandeza y hambre de reconocimiento. Sólo espero que los texto que le envié no terminen mal. 🙁

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