Rubén Darío: muerte del poeta en el jardín del palacio

Para celebrar los 150 años del natalicio del poeta nicaragüense Rubén Darío, presentamos un ensayo sobre “El rey burgués”, cuento que abre su libro Azul… El ensayo hace un análisis extenso sobre los personajes y espacios y cómo estos son reflejo fiel de la modernidad que estaba cambiando la sociedad latinoamericana del siglo XIX, y, particularmente, pesaba sobre el oficio lírico.

Por Marco Antonio Murillo

 

Una de las características de “El rey burgués” de Rubén Darío es la dualidad presentada en varios niveles. Aquella describe la estructura de una sociedad que se encuentra en vías de modernización y, por tanto, presenta tanto elementos de lo aristocrático, como del capitalismo, enfrentados entre sí. Dicha dualidad ocurre de la siguiente forma: el personaje del rey burgués contrasta con la figura del poeta. El escenario urbano y el bosque (sólo son mencionados), funcionan como polaridades, mientras que el castillo (sitio en donde ocurren los hechos), es un punto medio. Estas dos dualidades dan forma a una estructura social moderna (aunque bastante básica), donde el propio Darío parece criticar el capitalismo. Además, tienen “como objetivo revelar la visión del mundo señorial (…) que las sustenta y la función social del poeta y la poesía que ello implica” (Pérus 101), es decir, se busca recuperar la importancia que en la antigüedad tuvo el artista ante la sociedad.

Para llevar a cabo este análisis estudiaré los personajes del Rey burgués y el Poeta, así como los espacios en donde estos se desenvuelven. Mis referentes bibliográficos son Mieke Bal con su Teoría de la narrativa, y Luz Aurora Pimentel con El relato en perspectiva. Para comprender las intencionalidades y significados que se hallan tras las estructuras narrativas, me propongo utilizar el libro Literatura y sociedad en América Latina: el Modernismo, de Francois Pérus, en el cual se hace un estudio detallado de la literatura de Darío  con relación a los problemas sociales y estéticos que se presentaban en Latinoamérica durante el siglo XIX, y los primeros años del XX.

El Rey burgués y El poeta son, antes que nada, dualidades discursivas, pues están en todo momento “en contacto con las oposiciones ideológicas que rigen en el mundo en que evolucionan” (Bal 44). Es más, ellos mismos propician esas oposiciones ideológicas, vaya son los motores sociales del propio mundo en el que se desenvuelven. Con estas palabras Darío presenta a su primer personaje: “¿Era un rey poeta? No amigo mío, era el rey burgués” (24). En esta breve línea se condensa toda la fuerza semántica con la que este actor ha sido construido. El rey entra en la clasificación de personaje referencial en su variante de tipo social (Pimentel 64).

También a esta clasificación pertenecen todos los actores que se exponen en la historia, sean principales, secundarios o ambientales. Dicha escogencia no es al azar, da cuenta de las intenciones de Darío: recrear ciertos aspectos de la sociedad moderna, a partir de la elaboración de un mapa tipo realista-orgánico de un par de sustratos sociales representados por el Poeta (el escritor que busca profesionalizar y validar su oficio ante las nuevas sociedades capitalistas) y el Rey burgués (la nueva burguesía que comienza a posicionarse en el poder). En resumen, los nombres de los actores (y también el destino de ellos) están dados por el oficio que ejecutan en la sociedad. El utilitarismo, una de las bases del pensamiento capitalista, enmarca a los diferentes actores de este cuento.

Pero volvamos un instante al fragmento citado con el que Darío nos presentó al Rey burgués. Su nombre se construye a partir de una dualidad que convive entre los semas rey poeta / rey burgués. Existe un juego de significados que nace a parir de dicha paradoja: el rey poeta recuerda lo aristocrático, participante no sólo como mecenas de las culturas y las artes, sino también autor como Alfonso XI o Netzahualcótl. Mientras que su contraparte sémica, el rey burgués, nos refiere a la posibilidad de un nuevo rico que ha comprado el título nobiliario, tal y como fue ocurriendo en Europa aún antes de la Revolución Francesa. La dicotomía Aristocracia vs Capitalismo se genera inclusive en el propio nombre del personaje: Rey burgués. Se contextualiza todo un cambio que se había gestado en Europa y comenzaba a producirse en Latinoamérica: de pasar de un orden de valores señoriales, es decir que conservaba algunos elementos heredados por La Colonia, se comienza a abrazar los nuevos valores modernos generados por las dos revoluciones industriales y el crecimiento acelerado de las grandes potencias capitalistas de Occidente.

Siguiendo con el Rey burgués, sabemos que es un mecenas, es decir aquel hombre con poder que favorece al artista: “Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima” (Darío, 24). Su mecenazgo no es convencional, pues, además, de artistas lo integran oficios de variada índole. Desde una visión clásica (donde se piensa que el artista es un ser único en la sociedad y la obra de arte debe ser igualmente única), este mecenazgo es falso; y está plagado de elementos capitalistas. Es como una “industria” artística que ha adquirido los mismos valores materialistas de la línea de producción en masa; un mecenazgo que pone en el mismo orden de importancia al artista y a los otros oficios de la sociedad. Entonces, cuando el mecenazgo del Rey burgués se enfrenta directamente con el oficio del Poeta (representante, como veremos después, de un arte basado en elementos clásicos, del que es partidario Darío), se desenmascara y se revela una crítica en su contra.

El Rey burgués, según la teoría narratológica de Pimentel, conviene en una caracterización indirecta: el entorno en el que vive será lo que nos revele más detalles de su persona. Por tanto, paso a concentrar mi análisis en el palacio. Lo primero que llama la atención es la magnificencia y abundancia de objetos en su interior. Con un lenguaje preciosista y copioso en enumeraciones, Rubén Darío nos abre las puertas del palacio del Rey burgués:

El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravilloso. Llegaba (…)  Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos: lacas de Kyoto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; (…) porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.  Por lo demás habla el salón griego, lleno de mármoles: diosas, muros, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del tal Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡Cuántos salones! (25).

Es importante comentar el significado de la abundancia de objetos suntuosos y exóticos, que han sido generados durante la enumeración. Situándonos en la estética del Modernismo, todo esto no es más que un intento de apropiación de los elementos de otras culturas con solo nombrarlas en el texto. Es decir, el escritor modernista buscaba traer al lector hispanoamericano el conocimiento de culturas lejanas, extranjeras. Por ello comentaba Octavio Paz: “el amor a la modernidad no es culto a la moda: es voluntad de participación en una plenitud histórica hasta entonces negada a los hispanoamericanos” (Paz 21). Al mismo tiempo, podemos decir que dichos objetos son también una manifestación de la influencia del realismo, en el cual, adentro de sus descripciones, se colocaba cierta crítica social que se iría manifestando en el universo actancial y espacial.

Rubén Darío

Ahora bien, si se atiende a un punto de vista más cercano a la condición burguesa de nuestro personaje, encontramos en esta vasta enumeración de objetos la formación artificial de su pasado. El Rey burgués es un nuevo rico, su pasado genealógico no se extiende tanto como el de un aristócrata puro. Muchos nobles, por ejemplo, aseguraban que su linaje se extendía hasta tiempos de las cruzadas; armas, armaduras, reliquias, cuadros de sus predecesores, eran testimonio de la longevidad de su familia. Escarbando en el pasado del Rey burgués, nadie hallará nobles, sino campesinos, comerciantes o trabajadores que se hicieron ricos y pudieron comprar un título nobiliario. Es por ello que este espacio descriptivo funciona como una galería de antigüedades y rarezas que en primera medida sobrecarga la figura del Rey burgués dotándola de cierto pasado aristocrático, pero artificial. También funciona como una categorización del arte como representación de riqueza y poder adquisitivo. Hasta hoy en día no es extraño que un hombre con bastante capital adquiera obras de arte o utensilios exóticos con el fin de legitimarse.

Si esto es así, en el montón de objetos al interior del castillo, vuelven a aparecer dos elementos que tienen qué ver con la modernidad capitalista: el utilitarismo, en cuanto a que cumplen una función de utilidad para el rey burgués (legitimarlo ante la sociedad), y la masificación de las cosas, que va en contra del carácter de unicidad de la que goza toda obra de arte. De hecho, en balde colecciona las pinturas de Watteau y de Chardin, porque se pierden entre tanta y tanta colección. Una caricatura donde demasiada sobrecarga del signo deriva en un signo cero, donde las cosas son sólo “¡Japonerías! ¡Chinerías! por moda y nada más”. (Darío 25). Más adelante, la magnificencia palaciega quedará anulada por este cuasi-axioma puesto en la boca del Poeta: “¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet!”  (Darío 26).

La posesión de objetos, nos quiere decir Rubén Darío, no acerca al Rey burgués al arte, puesto que el arte, al menos en este cuento, sólo está vinculado al “Ideal” que solo posee el personaje del Poeta. En ese sentido, tanto en las descripciones del castillo como en la figura del Rey burgués, en palabras de Francois Pérus: “Darío expresa aquí su sentimiento de marginalidad, que no es otra cosa que la añoranza del “verdadero” mecenazgo perdido. Desde este punto de vista de chantre desplazado lanza una acerba crítica contra la nueva oligarquía (…) al mismo tiempo que embiste contra los flamantes intelectuales orgánicos (…) que han venido a usurpar” (128) el sitio del artista. Sobre este tema regresaré más adelante, ahora paso a hablar sobre la figura del Poeta.

En su teoría narratológica, Mieke Bal propone un modelo para el análisis de los personajes que represente las relaciones entre sí, a través de la intención (34), dada por los verbos desear y tener. En ese sentido, el personaje del poeta representa al verbo desear en cuanto que busca ante el Rey burgués (el que tiene) una oportunidad para legitimar su arte. En este punto es donde la ideología de ambos actores chocan, no pueden convivir en el mismo espacio. Veamos, pues, cómo y por qué se propicia esta situación. El Poeta lleva en el tono y timbre de su voz una fuerte carga de signos que coloca su ideario artístico dentro de una tradición clásica: “Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en las manos la salida del gran sol” (Darío 26).

De la cita anterior conviene destacar las siguientes expresiones: 1) “tiempo de la aurora”, 2) “canto el verbo del porvenir”, 3) “himno en la boca y la lira en las manos la salida del gran sol”. La segunda expresión se asocia con la idea del poeta como receptor (al igual que el oráculo délfico) de los dioses, y, por tanto, vidente del futuro social. La idea de porvenir es fuerte en la tradición del Modernismo. Los autores hispanos afiliados a esta vertiente literaria, creían que la literatura tenía el fin social de educar al pueblo creando un mejor futuro para él.  La primera y la tercera de las expresiones son metáforas de la proveniencia “divina” del poeta, así como del futuro que él predica. Esta visión manifiesta en voz del poeta, contrasta con algunos hechos de la modernidad que son mencionados a lo largo del cuento. Dice Pérus al respecto:

La actitud modernista expresa una evidente hostilidad al “materialismo” burgés, “materialismo” que para los modernistas resume el pragmatismo y el apetito de lucro de una burguesía fundamentalmente inculta, frente al cual ellos se erigen en guardianes del “ideal” y la “belleza” eternas (…) actitud que constituye un desesperado esfuerzo por salvaguardar la función específica de una categoría social tradicional amenazada por el avance del modo de producción capitalista. (Pérus 77).

La caracterización del poeta se lleva a cabo de una forma indirecta, o sea que pueden hallarse diversos signos a cerca de este personaje en el entorno en el que se despliega. A pesar de que en el relato aparecen músicos, hacedores de ditirambos, pintores, escultores, sólo vienen a representar parte de la masa social, puesto que son nombrados junto con boticarios, barberos, maestros de esgrima, dando la impresión de que el arte clásico ha sido despojado de sus características hasta el grado que dice el Poeta en tono de ironía: “el zapatero critica mis endecasílabos” (Darío 27).

Por otro lado, el Poeta es referido como único, elemento que manifiesta cierto carácter de individualidad ante una sociedad ya masificada: “Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono” (Darío 25). El carácter de individualidad del poeta es una apropiación que los modernistas hicieron de los románticos; por el simple hecho de poder hacer arte ya eran totalmente diferentes al resto de la sociedad que, por si fuera poco, “no comprendía” la vida y el oficio del artista. Fortaleciendo la imagen clásica del artista, se encuentra el hecho de que haya escapado de la ciudad y haya buscado refugio en el ámbito de la naturaleza. No debemos olvidar que aquella imagen fue heredada a los modernistas por los escritores románticos, que buscaron (ya sea física o alegóricamente hablando) un seguro escape del bullicio y la intranquilidad citadina. Tal y como Rainer María Rilke recomendaba a su destinatario en Cartas a un joven poeta. A continuación enlisto diferentes situaciones que son el problema que el poeta halla en la ciudad moderna.

He abandonado la inspiración de (…) la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles; contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura (Darío 26).

Es atractivo interpretar las metáforas con que la urbe es descrita. “La musa de carne” se refiere a la inspiración vuelta lujuria, la prostitución de un falso ideal de belleza ya manoseado por un canon supeditado a las masas. “El arpa adulona” denota los falsos elogios e hipocresías que podrían conllevar a la vanidad del poeta y el anquilosamiento de su poesía. “El vino que embriaga sin dar fortaleza”, da cuenta de una falsa inspiración dionisiaca: un vino que sólo emborracha y que carece de toda la carga sígnica de la tradición grecolatina. Por último, “el manto que me hacía parecer histrión o mujer”, nos dice que en la sociedad urbana moderna el artista es visto como un sujeto de simple diversión, o el producto de un amaneramiento asociado despectivamente con la feminidad.

Evocando la imagen del artista romántico, el Poeta evade la ciudad, le es imposible ser allí en toda su esencia. Se exilia al bosque en busca de “el calor del ideal” (Darío 26). Pero no puede permanecer allí porque que el arte humano es un hecho cultural, una manifestación de civilización. Lo civilizatorio no puede tener cabida en lo salvaje, y viceversa. Entonces, el Poeta recurre a su antiguo terruño: el palacio, donde su ideal de poesía (los valo
res decimonónicos en que se funda su pensamiento), era acogido por aquellos mecenas de la aristocracia. Así, el palacio en “El rey burgués” es un espacio intermedio entre la ciudad y la naturaleza. En él los elementos del uno y del otro espacio se barajean. Mientras que la ciudad está repleta de elementos artificiales y pétreos (casas, edificios, fábricas) y el bosque tiene animales, árboles y ríos naturales, el castillo tiene “una flora monstruosa y una fauna desconocida” (Darío 25). En otras palabras, el palacio del rey burgués es un bosque repleto de cosas artificiales.

La naturaleza del palacio dista mucho de ser bucólica. A pesar de que contiene elementos similares, flores de loto, osos, estos se encuentran violentados y subordinados a la voluntad del rey burgués: los osos están disecados, las flores de loto están fuera de su hábitat natural o son artificiales. Por si fuera poco, el palacio es un espacio interior que para el poeta representará reclusión (Bal 51), y es que allí nunca podrá llevar acabo su oficio. La imagen repetida en más de una ocasión de las jaulas y la flora de piedra ornamental e inmóvil, dan cuenta de ello de esta reclusión. Lo que vengo diciendo se subraya al hacer acto de presencia el espacio del jardín. El jardín es el lugar de la naturaleza en la casa, pero violentado por mano del hombre, despojado de su esencia elemental, su libertad de crecer y adueñarse del espacio.

Debido a todos estos elementos modernos a los que el Poeta no está acostumbrado, puede ser visto como un inmigrante que en tierra ajena presenta una hiperbolización de identidad, como forma de supervivencia ante esa otredad que no comprende. El Poeta llega al palacio buscando el acogimiento
del mecenas, pero no cuenta con que el rey ya no es ese que favorecía el arte clásico, sino ese nuevo que lo ha “prostituido”, vuelto parte de la Prosa del Mundo, como diría Hegel, y que ha añadido al mecenazgo elementos utilitaristas, donde todo se reduce a “Pieza de música por pedazo de pan”, que conlleva finalmente a esta sentencia: “cerraréis la boca” (Darío 27).

Ya perdido todo, su dignidad, su lugar en la sociedad (en el palacio), pero menos “El ideal” de un arte clásico, al poeta sólo le queda girar, desde el abandono del enorme jardín, un manubrio musical. El manubrio puede ser interpretado como metáfora acerca de reducir la vida a trabajo en el capitalismo, o bien, de despojar al arte de su utilidad y asignarle el valor de simple divertimento. La música que produce aquella terrible caja musical es una metonimia de lo lírico, y es que la poesía tuvo sus orígenes en los ritmos y tonos musicales. Después de esta condena que sufre el Poeta, sólo le resta esperar por su destino final: morir congelado en el invierno, con una sonrisa patéticamente feliz, pero sin soltar nunca su manubrio, sin abandonar, ese “ideal” que siempre tuvo de la poesía.

 

Bibliografía

 

Bal, Mieke: Teoría de la narrativa. España: Cátedra, 1990.

Darío, Rubén: “El rey Burgués”, Azul… 2003: 24-28. biblioteca.org: noviembre 2013 http://www.biblioteca.org.ar/libros/70881.pdf.

Paz, Octavio: Cuadrivio. México: Fondo de Cultura Económica, 1961.

Pérus, Francois: Literatura y sociedad en América Latina: el modernismo. México: Siglo XXI Editores, 1976.

Pimentel, Luz Aurora: El relato en perspectiva. México: Siglo XXI Editores, 2005.

 

 

Marco Antonio Murillo. MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Lic. en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos, en 2009. Premio Estatal de la Juventud 2014 en artes. Asimismo, ha obtenido la beca de Jóvenes Creadores del PECDA (2009) y la University Grant de la Universidad de Texas en El Paso (2013-2016). Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo (La Catarsis Literaria, 2011; Rojo Siena, 2013) y La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014).  Actualmente es becario de la Fundación Para Las Letras Mexicanas.

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